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jueves, 23 de octubre de 2025

EL MUNDO ACABARÁ EN VIERNES

Leer a Moyano siempre es divertido y didáctico. Esta última es la faceta que más pondero en la lectura porque me considero un ansioso aprendiz.

La novela que nos presenta ahora es un calidoscopio en el que se mezclan de forma delirante las paranoias de unos sujetos estrambóticos, los mensajes apocalípticos y la aparición de seres que deberían estar reducidos a la memoria desde hace muchos años.

Viene antecedida esta obra por otras de Moyano (El imperio de Yegorov, La coartada del diablo, La agenda negra, El abismo negro, La hipótesis Saint-Germain, El amigo de Kafka, por citar unas cuantas) en las que nos tenía acostumbrados a una prosa ágil, culta y fácil de seguir que convierte la lectura en un agradable e instructivo pasatiempo, pero la comparación con obras anteriores es ociosa por lo diferente de esta. Quizás lo divertido y atrayente de autores capaces de múltiples registros adentrándose en temas variopintos, es la capacidad de asombro que pueden despertar en el lector cuando se acerca a cada una de sus nuevas obras.

La acción de El mundo acabará en viernes, se desarrolla de forma tan vertiginosa que bien podría tratarse de un guión de los hermanos Cohen y el lector se ve atrapado por la ola de sorpresa que se suceden sin interrupción y lo conducen con avidez y curiosidad hasta el final de la trama en la que se suceden nombres familiares repetidos miles de veces.

Moyano es escritor de pluma ágil que pone en este caso al servicio de una historia compleja que va desarrollando con agilidad para conducir al lector que ha caído en sus garras, dócilmente, hasta el desenlace imprevisto, como sucede en los mejores cuentos.

En El mundo acabara en viernes, encontramos una especie de meta-literatura en el caso de un escritor enfrentado a los avatares de la publicación, un psiquiatra escritor (siempre hay alguna faceta autobiográfica en cualquier escrito) que ve truncado su camino a la fama que tiene próxima, por una serie de acontecimientos de carácter sobrenatural y nivel cósmico que se nos muestran a través de personajes conocidos y cercanos (Bob Dylan, Hemingway, Leonardo da Vinci, Hitler).

El desenlace de toda esta trama que se va presentando de forma caleidoscópica e inconexa al principio, va encajando en un totum revolutum armónico donde se posicionan las piezas que encajan en un puzle por fin completado. Y hasta aquí debo decir, sería poco sensato hacer más referencia a las varias escenas del rompecabezas, rescatadas de tiempos pasados que llegan hasta la actualidad para desvelarnos en las últimas páginas, cual ha de ser el final de ‘los cien mil millones de personas que han existido hasta el momento’ (155), y cúya la figura del ser supremo imaginado hasta ahora bajo distintas formas.

Una novela más que contribuye a la trayectoria de Moyano como solido e imaginativo narrador.

No se la pierdan.



domingo, 19 de julio de 2020

CUADERNOS DE TIERRA


Es larga la tradición de los libros de viajes desde que Odiseo emprendiera el suyo, dando tumbos por el Ponto Vinoso para volver a los brazos de su amada y a la paz de su hogar. Los árabes recogieron la tradición griega animados por su obligación de visitar La Meca que los llevaría a grandes periplos: Los relatos de Ibn Battuta, León el Africano, Ben Arabí, Domingo Badía (Alí Bey) y tantos otros son buenos exponentes de ello. Algo se nos debió pegar a los europeos de la tradición árabe y fueron muchos los viajeros que nos dejaron memoria de sus periplos, desde Washington Irving hasta Stendal pasando por Goethe, Pla, Moratín, Blasco Ibáñez, Emilio Castelar y tantos otros. Idoia Arbilaga ha reunido en un estupendo ensayo –Estética y teoría del libro de viajes- a la gran mayoría. Más cercano y de inevitable referencia cuando se trata de un viaje peripatético, es el de Camilo José Cela a la Alcarria.
Para escribir un libro de viaje se precisa, además de la cualidad del observador que repara en detalles, a veces nimios pero siempre interesantes para el lector, la habilidad de pluma para trasladar al papel la fotografía escrita que los fije para siempre. Esa facilidad tiene Manuel Moyano, que se incorpora al número de los narradores de viajes, utilizando una prosa elemental y limpia, como sencillo es el recorrido que se propone.
¿Que impulsa al escritor a alejarse de casa “una madrugada de agosto caminando por la orilla de cierto río”? ¿La curiosidad, el hastío, el afán de alejamiento de lo cotidiano y monótono, el acicate de la aventura, el conocimiento de sí mismo, la búsqueda de soledad? Seguro que no hay una sola razón, sino una adecuada combinación de ellas. “Simplemente quería caminar, dormir donde me sorprendiera la noche, alejarme de todo durante unas jornadas. De vez en cuando, el animal que habita dentro de nosotros necesita huir de la rutina para sentirse libre” (19). “Hacer el camino a pie tal vez sea el único modo autentico de viajar” (81), nos dice.
Sea cual fuere la razón -que ha de permanecer soterrada en la intención del viajero-, Moyano nos ofrece el relato de un conjunto de paseos que componen la travesía a lo largo de nuestro familiar río y algunos afluentes de menor cuantía. Una serie de historias y reflexiones en las que nos invita a acompañarlo con el agrado silencioso de un camarada evanescente, porque “caminar en solitario te traslada a una dimensión diferente” (42).
El caminante novato fracasa en el primer intento a los tres días,  quizás impresionado por la historia del búlgaro que se dedicaba a trocear a las personas que lo recogían en auto estop. Da por concluido el recorrido en Socovos afectado de un esquince y regresa al confortable hogar. Será esa primera experiencia la que lo impulse a emprender de nuevo el camino al verano siguiente y en los sucesivos, ampliando su radio de acción hasta el río Mula primero, Albacete, Orihuela y Callosa luego, para concluir en el valle del Vinalopó. El recorrido le permitirá conocer la sencilla gastronomía de fondas y bares y alojarse en modestos hostales cuando hay suerte. Cuando no, la amplia tierra bajo las estrellas y el resguardo umbrío de los árboles.
El hilo conductor de sus viajes es la crónica de hechos luctuosos de ambiente campesino con los que se encuentra en su peregrinaje. Relatos truculentos que va recabando de los lugareños para luego describirlos con maestría y convertirlos en crónicas interesantes de tinte morboso. Y no sigo so pena de ser acusado de hacer spoiler (cayendo en la memez de remitirme a vocablos que no por ser modernos y explícitos dejan de ser cursis).
Cuadernos de tierra es una lectura cercana y placentera que nos remite a parajes conocidos por cuya cercanía seguramente hemos transitado agobiados por la prisa sin reparar, como el autor hace, en la belleza de lo natural y próximo.
Un delicioso paseo por sendas y cañadas de la mano de un escritor que nos muestra con soltura y elegancia la crónica de sus andanzas. Un consejo de amigo: no se lo pierdan.
 
Mariano Sanz Navarro



miércoles, 20 de marzo de 2019

LOS REINOS DE OTRORA


Mariano Sanz Navarro



A los pocos día de leer “Mamíferos que escriben”, mi primer y agradable encuentro con Manuel Moyano, tuve la oportunidad de acudir a la ágil presentación que Paco López Mengual le hizo en Molina a la obra más reciente del autor, “Los reinos de otrora” ilustrada de forma preciosista por Jesús Montoia.
Confieso mi ignorancia, hasta ese momento, acerca de la obra de este autor, que por próximo resulta más sangrante: ha escrito numerosas novelas: El amigo de Kafka, La coartada del diablo, El imperio de Yogorov, La hipótesis de Saint-Germain, La agenda negra, El abismo verde,  algunas de narrativa breve: El oro celeste, El experimento Wolberg, Teatro de cenizas, y otras varias con muchas de las cuales ha obtenido numerosos premios y galardones.
Si en “Mamíferos” queda el lector sorprendido por una prosa rica y llena de agilidad en la que el autor se aproxima a ciertos escritores-fetiche a través de la huella que dejaron en casas, ciudades, cementerios o tabernas (10), en “Los reinos” el efecto se amplía de forma notable. Se trata de siete relatos hilvanados entre sí, con un exordio o antecedente y una coda final en los que el autor hace que el protagonista nos ilustre sobre los relatos que ha ido reuniendo a través de azarosas aventuras. Ya en el reposo de la senectud, los reúne para nuestro deleite y aprendizaje. Todo sucede en un mundo tan fantástico que podría ser real, y las pocas referencias temporales (La peste negra del S. XIV) que proporciona el autor, permiten al lector situar el relato en la época pretérita que sea más de su agrado. Resulta inevitable hallarle cierto paralelismo con “El Principito” de St. Exupery. También aquí el escribano recorre países imaginarios, esta vez en compañía de su tío Nicodemo -quien sabe si el nombre pretende retrotraernos a la figura del sabio judío- en los que va experimentando azarosos avatares llenos de peligros de los que saca provechosas enseñanzas. Otra reminiscencia inevitable se encuentra en el relato “El caballero Alamor”, que nos aboca inevitablemente al otro caballero manchego, también desastrado y fuera de la realidad, también con un “escudero” de fidelidad perruna, y también cercano a un personaje que relatará sus hechos -aquí ya retratado sin ambages como Cide Hamete- que “tanto movería a risa al melancólico como placería al grave” (87), el mismo que en otro lugar había escrito: el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade…
La edición es original y muy cuidada, las ilustraciones de Montoia perfectamente adecuadas a la época, realzan la belleza del libro a pesar de la necesaria limitación de formato, lo que resultaba evidente al contemplar los originales durante la presentación.
Si algún reparo habría que ponerle a la obra es su brevedad, que deja al lector con ganas de seguir leyendo. Puede que encuentre consuelo en la promesa que contiene la coda: Tal vez pluguiera al lector saber algo sobre la aventura que corrimos en Gabdí […] o sobre nuestra estancia junto a los anacoretas de Ilya…( 119). El tiempo lo dirá. Esperemos nuevas aventuras del sobrino de Nicodemo.

MOYANO, MANUEL, Los reinos de otrora, Ed. Pez de Plata, S.L., Oviedo, 2018