KALLIFATIDES,
THEODOR, Otra vida por vivir,
Galaxia, 2019
De
origen griego, emigró a Suecia en cuya lengua ha escrito su abundante producción
literaria. Cuando dice haber perdido la facultad de escribir, nos obsequia con este
precioso libro (en griego en el original), donde relata su experiencia
crepuscular y su vuelta a Molai, Epidauro, a la búsqueda de sus recuerdos de
infancia. (El mito del eterno retorno de Eliade, el permanente regreso a
Ítaca).
No
se me ocurre una reseña al uso, mejor que se regalen con algunas de las
frases que contiene el libro. Y que, si les interesa, se hagan con él. Yo he
tenido la suerte de recibirlo de manos de Marta, la gentil bibliotecaria de mi
pueblo y me ha producido honda satisfacción.
La
escritura está, sí, dentro de nuestra cabeza, pero también alrededor de
nosotros, en las paredes y en los muebles, en el olor a café, en la luz de la
lámpara. (26)
Tener
miedo de los demás y que los demás tengan miedo de ti. (46)
Una
de las cosas que trae consigo la vejez es que uno piensa más en el futuro de
los otros que en el propio. ¿Acaso existe un misterio mayor en este mundo que
el de sentirse atraído por una única cara toda la vida? (54)
“No
comulgo con tu opinión, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a
expresarla”, dijo Voltaire, si es que llegó a decirlo. (60)
Con
procesos democráticos puede imponerse tanto la dictadura como la tiranía. Con
lecciones democráticas puede llegar al poder un partido que quiera acabar con
la democracia. (61)
Mi
abuela no era periodista, ni filosofa, pero solía decir que “las palabras no
tienen huesos, pero los rompen”. Sabía lo que casi todo el mundo sabe: que una
palabra puede hacer más daño que el cuchillo más filoso. Decir algo es hacer
algo. (62)
Si
queremos entendernos unos a otros, ante todo debemos aceptar que el otro existe
y que es probable que crea en cosas distintas de las que creemos nosotros. En
una relación de igualdad no hay sino derechos recíprocos y obligaciones
reciprocas. Respétame para que te respete, escúchame para que te escuche. (63)
La
vida termina y al mismo tiempo sigue. No en el cielo o en las islas de los
Bienaventurados, sino en las consecuencias de nuestras acciones. (66)
“Que
piensas”, me preguntaba Gunilla. “Que moriré”, le contestaba con la mayor
sencillez de que era capaz, sin entender verdaderamente lo que le estaba
diciendo. La muerte siempre está presente y siempre es incomprensible. (68)
La
emigración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas
mueren dentro de ti. Entre otras, tu lengua. (73)
La
escritura es como un manantial. Puedes ornamentarlo con estatuas, adornarlo
como una preciosa fuente, construir alrededor del borbotón una placita y
sembrarla de sicomoros. Pero nada de eso es lo que hace que el agua fluya. Es
la presión desde las oscuras profundidades de la tierra la que crea la la
erupción del agua. (82)
A
veces tengo la impresión de que la vejez tiene un sentido: que alcancemos a
arrepentirnos de lo que hicimos y no hicimos en la juventud. (86)
Hasta Cristo, pensaba, si vivera en estos tiempos, escribiría en Twitter. “Amaos los unos a los otros”. ¿Acaso hay un tuit mejor? (99)
La vida
en Grecia es dulce, pero sin dinero es amarga y miserable. (130)
Cuando
sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces. También
puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces. Pero cuando no tienes
nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna. (152)

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