lunes, 30 de enero de 2017

JOSÉ BELMONTE Y EL COMISARIO SOTO

Entre nazi, meapilas y autárquico

JOSÉ BELMONTE
Es una de esas novelas que pueden llegar a despistar a un lector poco avisado. Por su título, por la portada –muy sugerente, por cierto, digna del mejor cine negro–, podríamos pensar que se trata, sin más, de una novela policiaca al uso, como otra de las tantas que, en estos últimos años, al hilo de la moda, se vienen publicando en España con suerte dispar. Para empezar, ‘El comisario Soto’ es el primer relato extenso que sale a la luz de su autor, Mariano Sanz, murciano nacido en 1943. Su inexperiencia en este género no se ve, ni mucho menos, reflejada en estas páginas. Se nota, de entrada, que es un gran lector, un escritor que cuida al máximo la sintaxis y que selecciona meticulosamente las palabras que usa, sin renunciar al lenguaje de la calle cuando es preciso.
El problema, si es que en verdad se trata de un problema, es que estamos ante una novela falsamente policiaca. O, si se quiere, una novela policiaca sin ‘caso’, con lo que se le da la vuelta a un calcetín quizá demasiado manido, y su autor apuesta, mas bien, con desparpajo y atrevimiento, por un relato que tiene más de psicológico y costumbrista, con un cierto asomo de novela histórica. Pone en pie y describe, con pinceladas sólidas y certeras, a tres o cuatro personajes –entre ellos, el propio Soto, su esposa y el Lagartija–, amén de otros entes de ficción que logran funcionar en estas páginas a pesar del corto papel que les toca representar, como Paula, “puta de escaso éxito, pajillera de portal, cigarrera y por fin alcahueta”. La acción se reparte entre Barcelona y Murcia. Y su tiempo, durante el Régimen –“inventado por Franco, entre nazi, meapilas y autárquico en el que todo el mundo se miraba de soslayo sin atreverse a la crítica”–, cuando se repartía verdadera estopa en las comisarías de barrio, con confidentes, policías corruptos y chulos campando a sus anchas.

‘EL COMISARIO SOTO’
Autor: Mariano Sanz. Estilo: Novela.
Editorial: Raspabook. Murcia, 2016.

330 páginas. Precio: 15 euros.

jueves, 19 de enero de 2017

DEL BLOG DE RUBÉN CASTILLO, El comisario Soto

El comisario Soto



Mariano Sanz Navarro tiene tres cosas en común con Jesús Torbado, Osvaldo Soriano y Eduardo Mendoza. La primera es que los cuatro (tres españoles y un argentino) llevan o llevaron bigote durante buena parte de sus vidas; la segunda, que son maravillosos, excelentes prosistas; la tercera, que todos vinieron al mundo en el año 1943, justo en medio de la SegundaGuerra Mundial.
La última demostración del talento de Mariano Sanz nos llega con El comisario Soto, que es su primera incursión en el ámbito de la novela, tras unos libros de viajes realmente fastuosos. Y el resultado es sin duda notable, pese a que la editorial juegue a despistar a los compradores del libro diciéndoles en la contraportada que “el lector tiene en sus manos una novela negra”. Yo, que no pertenezco a la cofradía de los amantes de dicho género, tragué un poco de saliva cuando me sumergí en sus primeros párrafos, pero conforme avanzaba por sus páginas me fui dando cuenta de que la frase de la contraportada no pasaba de ser un resorte publicitario más, sin demasiada consistencia.
El comisario Soto, por suerte, sí que es una estupenda narración, que se construye sobre tres personajes principales: Roberto Soto, que ha dedicado la mayor parte de su vida a ejercer como comisario y también como corredor de comercio; su esposa Mercedes, una mujer fea, tiránica y desdeñosa, que mantiene con él una relación fría y bastante artificial (le preocupan mucho más las relaciones sociales que el trato con su marido); y Manuel, alias El Lagartija, un antiguo ladronzuelo por el que Soto apostó y que, a la postre, terminó convirtiéndose en una persona honrada, que vive en Vallvidrera y que tiene como vecino a un singular detective privado que adora la gastronomía y que responde al nombre de Pepe Carvalho.
¿Y dónde se encuentra la mejor virtud de esta narración, que se extiende por encima de las trescientas páginas? Entiendo que radica en un doble eje: de un lado, la capacidad que demuestra Mariano Sanz para darle fluidez al relato, que avanza con ritmo sereno, claro y eficaz; del otro, en la maestría que demuestra el novelista para construir personajes densos, enjoyándolos de matices, hasta lograr que los veamos como entidades vivas, solventes, creíbles. Así, por poner un único ejemplo, Mercedes no es simplemente una mujer rebosante de acrimonia que ha ido poco a poco amargando la existencia a Soto, sino que su alma se fue forjando gracias a los golpes que el Destino le infligió: hija de un jugador empedernido que avergonzaba a su familia; criada luego por su tía Remedios, una mujer beata y engañada por su marido; luego recriada por su tía Camila, que llevaba en Barcelona una vida mucho menos convencional, como querida del señor Benet... Con docenas de mimbres como esos, Mariano Sanz nos va situando ante seres de asombroso espesor, que consiguen que la obra crezca hacia atrás, porque las miradas retrospectivas adquieren mucha más importancia que la enumeración de los aconteceres actuales.


El experimento, desde luego, funciona. Y Mariano Sanz Navarro logra con esta falsa novela negra algo más importante que un libro sujeto a la tiranía de la moda: una auténtica novela sobre la España más negra del siglo XX. Me siento feliz de haberla leído.

viernes, 13 de enero de 2017

LEYENDO A ANTONIO CAMPILLO MESEGUER:


CAMPILLO, ANTONIO, Tierra de nadie. Cómo pensar en la sociedad global, Herder, Barcelona, 2015
Para los que somos legos en la materia, resulta gratificante un remojón salutífero en las templadas aguas de los escritos filosóficos. Y nada mejor para ello que optar por este libro del profesor Campillo Meseguer, que seguro ha de proporcionar al que en él se adentre, materia suficiente para la reflexión pausada. Si el lector tiene cierta propensión a la molicie, como es el caso de quien esto escribe, se verá de inmediato espoleado a incorporarse al grupo de personas a las que inquieta nuestro presente, nuestro futuro, y las relaciones que entre nosotros y con el medio hemos de mantener: repensar radicalmente las relaciones entre lo privado y lo público, lo personal y lo político, la tutela de los más vulnerables y el contrato entre los iguales; en resumen, la ética del cuidado y la política de la justicia social.
En estos tiempos en que vivimos un nuevo retorno a la barbarie, amenazados por un capitalismo cada vez más globalizado, desregulado y depredador (p.19), suena como un canto de esperanza su opinión de que, lejos de ser un oficio anticuado e inútil, la filosofía tiene ante sí una gran tarea y una gran responsabilidad: ayudar a reconstruir “la razón común” para que la humanidad viviente, entretejida ya en una sola sociedad planetaria, se haga cargo de su pasado múltiple y se enfrente al porvenir con una actitud reflexiva y cooperativa. (p.21)
Campillo analiza las sucesivas etapas globalizadoras que a lo largo de la historia de la humanidad han sucedido, para adentrarse en el concepto de terra nullius, desde su aparición en época imperial romana hasta su aplicación sesgada e interesada, por los países colonizadores o sencillamente invasores, de épocas modernas (casos de EEUU, Australia, Israel, Sahara Occidental, etc.). Concluye que el concepto de terra nullius y la teoría del “descubrimiento” fueron ficciones jurídicas utilizadas para justificar la conquista de la tierra habitada por los indígenas. (p.43)
La terra nullius de los orígenes se ha convertido en tierra de todos, “el patrimonio común de la humanidad”. El mundo, que era infinito cuando nuestros primeros abuelos salieron de la Falla del Rif para adueñarse de él, se ha vuelto pequeño; se puede circundar, no ya en días, sino en horas, y las comunicaciones han acabado con las distancias. Eso nos conduce inexorablemente a un concepto de globalidad y de responsabilidad compartida en la forma de tratarlo. Es tarea de la que nadie puede sentirse excluido desde que instalamos el ‘efecto mariposa’ en el planeta. Debemos aceptar que, como decía Michel Foucault refiriéndose a los filósofos griegos, existe un vínculo inseparable entre éthos, pólis y kósmos, las tres condiciones básicas de la vida humana: Hemos de comenzar a pensar la sociedad global como una nueva comunidad histórico-política, como un nuevo espacio de convivencia que debe dotarse de leyes e instituciones democráticas comunes. (P.85)
Emplea el Dr. Campillo la metáfora del barco: todos los seres vivos navegamos en este mismo barco, por más que a unos le haya tocado viajar en primera y a otros en segunda o en las bodegas. Yo aún añadiría que los hay todavía más desafortunados: aquellos a los que les ha tocado nadar tras la estela tumultuosa del navío, implorando a voces que los dejen subir a bordo sin que, en la mayoría de los casos, nadie los escuche ni se moleste siquiera en mirar por la borda.
En la tercera y última parte del libro, se adentra el autor en el concepto de la filosofía como cosmopolietica, que trata de conectar entre sí la ciencia, la política y la ética. (p.91) en un mundo en el que se producen, cada vez con mayor frecuencia cambios muy profundos, muy acelerados y muy generalizados. (p.111)
La tarea de la filosofía –concluye- consistirá en actuar como traductora entre idiomas diversos, como mediadora entre adversarios enfrentados, como constructora de puentes entre territorios incomunicados entre sí. (p.115)
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Se trata de una obra imprescindible, dirigida a quien tenga la sensibilidad suficiente para mirar con preocupación a su alrededor y se pregunte hacia dónde camina la sociedad en que vivimos. Existe una relación biunívoca entre el grupo humano y un medio que, erróneamente, se ha considerado como bien de renta cuando es un bien de capital y agotable, que solo le pertenece en tanto que inquilino que dispone del usufructo. Tenemos la obligación ineludible de manejarlo como bien común, y de dejarlo a nuestros descendientes en mejores condiciones de las que lo recibimos.

No se lo pierdan. Escrito en un lenguaje llano y asequible, es de los libros que se leen en una hora y se digieren durante mucho tiempo.