miércoles, 13 de abril de 2016

CADA NOCHE, CADA NOCHE


Mariano Sanz Navarro

LOPEZ MONDEJAR, LOLA, Cada noche, cada noche, ed. Siruela, 2016.

       
Nos dice la solapa del libro que la autora, psicoanalista y escritora, tiene en su haber unos cuantos libros anteriores: Una casa en La Habana, Yo nací con la bossa nova, No quedará la noche, Lenguas vivas, Mi amor desgraciado (finalista del XXI Premio Internacional de novela Torrente Ballester, 2010), y La primera vez que no te quiero, estas últimas publicadas por Siruela. También otros libros de relatos: El pensamiento mudo de los peces, Lazos de sangre y La pequeña burguesía; y algunos de ensayo: El factor Munchausen. Psicoanálisis y creatividad, y Una espina en la carne; que colabora habitualmente con La Opinión de Murcia, donde mantiene el blog Microscopías. El curriculum literario es impresionante.
Vayamos ahora a Cada noche, cada noche.
Coincido en muchas cosas con Lola López Modéjar, especialmente en una frase de esta novela: ‘el mundo editorial, a la caza de los cada vez más escasos lectores, busca textos tan banales que las mejores novelas de los siglos XIX Y XX no se habrían publicado si de nuestros editores actuales dependiese’ (p.185). Esta novela es la excepción que confirma esa regla, y su editorial, otra excepción.
La autora, que se finge otra, como aquel se escudaba tras Cide Amete Benengeli, desafía el reto a lo largo de la obra encarnándose en el ultimo tranco de la vida de su personaje Dolores Schiller, hija de Lolita, el personaje de Navokof a la que rescata a través de un diario lleno de ternura y sensibilidad.
Lola es terapeuta y se le nota. Encarna los personajes hasta hacérnoslos familiares y cotidianos. Acabamos compartiendo con ella el terrible equivoco de Lolita ‘la nínfula que no existe, fuera de la obsesión que destruye a Humbert, y este es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa’ (p. 189). En mi opinión –y en la de Pascual Vera, que así lo manifestó en su brillante presentación en Murcia- ese efecto lo causó principalmente la película, en la que se presentaba a la protagonista con bastantes más años que la de la novela, y en poses de vampiresa (recuérdese su aparición en la escena del jardín) soslayando el aspecto de perversión que se da entre un hombre de cuarenta y tantos años y una niña de doce. La película proporciona la sensación de que la jovencita no es excesivamente renuente a las relaciones con su padrastro, incluso lo utiliza de forma caprichosa después que ha tenido su primera experiencia sexual en el campamento de verano. Sin embargo ‘Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña a quien corrompen y cuyos sentidos no ceden jamás bajo las caricias del inmundo señor Humbert’ (p.189), ‘que aprovechó su poder, su edad, la indefensión de la niña, para imponer en su cuerpo su deseo como un conquistador impone su gobierno en las colonias desarmadas’ (p.89).
‘Yo cuento historias verdaderas, dice la autora’ (p.14) desarmando al lector de toda sospecha de fantasía en la trama. Y lo arrastra, haciéndolo su cómplice, a lo largo de todo el libro: ‘ya lo ven’ ‘¿están dispuestos?’, ‘me quedan algunas cosas que contarles’, etc., por más que de vez en cuando nos proporcione alguna pista de lo contrario: ‘Mi árbol genealógico está formado por fantasmas’ (p.22)
La de Humber y Lolita es la historia de un pederasta que arrastra a una niña a ‘su mundo de sombras’, intentando justificar el irresistible atracción que siente el pervertido. Lo que más tarde hizo la película y la propaganda interesada, es otra cosa. A desmontar ese mito es a lo que se aplica Lola en esta novela. Y lo logra, con una maestría fruto de su dominio de la escritura y de su experiencia en el conocimiento humano.
Me ha resultado oportuno y enternecedor que la autora ‘rescate’ el diario de Lolita. Eso le permite bucear en la personalidad del personaje y acercarnos a la sensibilidad de una niña en un periodo que abarca desde los ocho a los dieciocho años. No siempre resulta fácil manifestar lo que se desea dejar escrito a través de los ojos de un personaje lejano en el tiempo y en la cronología.
Lolita escribe su diario, Dolores Hace, su hija, también escribe, desde su actualidad de enferma terminal, basándose en las notas que tomó a los veinte años para explicarnos su periplo con un padre viudo y hermético. El paralelismo es evidente, y la intertextualidad se hace presente a lo largo de la novela.
Es un libro para leer despacio, porque está lleno de recovecos que en una pasada presurosa corren el riesgo de pasar inadvertidos. Oí a un escritor decir ‘escribo para lectores inteligentes’ y, obviando la pedantería, debo reconocer que en una primera lectura algunos detalles de este me pasaron desapercibidos. La segunda lectura me pareció más sabrosa.
La edición es cuidada, de un buen gusto que abriga oportunamente la calidad del relato, la portada sugerente y adecuada.
Recomiendo la novela encarecidamente.


miércoles, 6 de abril de 2016

CUENTOS TRUCULENTOS

                                                             
                                                                 Francisco Javier Díez de Revenga

SANZ NAVARRO, MARIANO, Cuentos truculentos, Diego Marín, librero editor, S.L., Murcia, 2001

Acaba de publicarse un interesante libro de cuentos de un escritor murciano: Mariano Sanz Navarro (Murcia, 1943). Se trata de una colección de cuentos de terror que él denomina Cuentos truculentos (Diego Marín, librero editor), y que hemos de inscribir en la más pura tradición de la literatura fantástica y de terror, en la que los elementos de lo sobrenatural, el mundo de las creencias y las supersticiones, el espacio más negro de la cultura tradicional traspasa los límites de lo posible para convertirse en algo sorprendente, impactante, desencadenador de las más bajas pasiones y sentimientos,, provocador en el lector de la duda, del estremecimiento, de la angustia, de la lucha racional para entender los límites de lo probable y de lo verosímil, los límites de lo real y de lo creíble.
“Truculento”, según el diccionario de la Real Academia Española, es aquello “que sobrecoge o asusta por su morbosidad, exagerada crueldad o dramatismo”.
Una corriente, sin duda también de origen ancestral, recorre todos los cuentos, y muestra su ascendencia tradicional. El autor siempre está junto a los más débiles aunque éstos se sirvan del más abyecto crimen para hacer justicia. Quizás la complacencia ante situaciones terroríficas esté únicamente justificada porque, a la manera tradicional, la ética de los cuentos, atacada por constantes infracciones, busca sólo un fin que justifique esos medios: el triunfo de la justicia más natural, de la bondad frente a la maldad, del ajusticiamiento del perverso y del triunfo, aunque con pecado, del más débil. Así, hallamos monjas suicidas, escolares asesinos, amantes vengativos, dementes víctimas de su propia locura, avaros escarmentados, supersticiosos compulsivos, lujuriosos en ridículo…
Hay autenticas joyas en la colección. He aquí algunos ejemplos. Por su final positivo, ya que la conclusión podría ser cualquier otra, citaré “El vuelo”, uno de los relatos más completos de todo el volumen, y que, excepcionalmente, es un relato urbano, costumbrista y cotidianista; y un relato de un personaje corriente en un ambiente corriente, que al contrario de lo que ocurre en otros cuentos de la serie, no llega a tomar la decisión final compulsiva y horrible, que toma, casi por obligación e inevitablemente, en el resto de de los cuentos de la colección. Otra de narraciones más logradas es la titulada “El premio”, que adopta la estructura narrativa y de contenido del “metacuento”, ya que el protagonista es exactamente un autor de cuentos que se presenta a un premio y lo gana con un relato que, curiosamente, forma parte de la colección de Mariano Sanz. Se produce entonces lo que estructuralmente denominamos un juego de espejos, como en “Las Meninas” de Velázquez, de manera que nos confundimos con las perspectivas y no sabemos muy bien quién es quién, y es que ese es el engaño virtual del relato, que habla de un autor de cuentos que gana un premio con otro relato. También en este cuento, el final rompe con el sistema narrativo y desencadena el clímax de horrores.
Hay que hacer referencia a algunos formales que dan a la colección signo de identidad. Mariano Sanz navarro logra en esta colección forjar un estilo propio, para lo cual se sirve de un lenguaje muy unitario y compacto, conseguido con una gran riqueza expresiva basada en la presencia de giros populares y coloquiales muy hábilmente suministrados. El narrador omnisciente se suele valer de amplios recursos lingüísticos y muy variados para llamar la atención del lector sobre aspectos puntuales, especialmente en los pasajes más dramáticos y más escabrosos, en los más duros momentos. Sin duda alguna, la riqueza estilística de la colección, desde el punto de vista lingüístico, es una de las mejores aportaciones del libro, dada la variedad de registros, la verosimilitud de los giros empleados y la soltura y amenidad que se prodigan a lo largo de todos los relatos.