domingo, 19 de noviembre de 2017

PRESENTACIÓN DE “AMORES MALSANOS” de TERESA VICENTE 14.11.2017

Mariano Sanz Navarro

Cuando Teresa me llamó para pedirme que la acompañara en la presentación de este libro, mi reacción primera fue de sorpresa. La conocía como poeta desde la primera plaquette, Enraizó en el agua, que llevó a Los lunes del Zalacaín y tuvo el detalle de regalarme. Desde entonces, he seguido su trayectoria poética con Dispárame vida, Estigma y Mini poemario, pero no sabía que su periplo literario llegaba también hasta el relato. Ha sido una grata sorpresa, como espero que lo sea para todo el que lea estos Amores malsanos.
El cuento (llámenle relato, historia o como quiera que resulte más de su agrado) tiene una larga tradición en nuestra literatura y es genero por el que siento especial predilección, quizás porque permite al escritor amante de soluciones expeditivas, sustanciarlo en pocas sesiones. La novela requiere más estructura, exige más detalles, localizaciones, y la construcción de un entorno más sofisticado, o por lo menos más complejo. A partir del S.XVII, se llamó novella a la narración extensa, bien diferenciada, precisamente por sus dimensiones, del cuento. En este, el argumento lo es todo, sin digresiones ni personajes secundarios. Ya en 1881, Narciso Campillo en su Retorica y Poética o Literatura preceptiva, escribe “Novela es una narración ordenada y completa de sucesos ficticios, pero verosímiles, dirigida a deleitar por medio de la belleza”.
La criatura literaria que conocemos por “cuento” no es una especie fácil de caracterizar. Quizás su brevedad, que es la nota peculiar que con más facilidad lo distingue, es al mismo tiempo la provocadora de las mayores dificultades,[1] nos dirá el profesor Diez de Revenga.
Pero, no nos llamemos a engaño, el cuento no es genero de menor merito y esfuerzo que cualquier otro, simplemente tiene otra dimensión que quizás se ahorma con mayor sintonía a los gustos del autor.
Del cuento dice Cervantes por boca de Cipión en “El coloquio de los perros”: Los cuentos, unos encierran y tienen gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos; quiero decir, que algunos hay que, aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos.
No es este el caso de los cuentos de Teresa, que no precisan artificio alguno para ser agudos, aunque no sé si gustosos, pues reflejan situaciones y actitudes que no siempre resultan bonancibles. Puede que al lector desprevenido se le encoja el estómago en alguno de ellos, pero es ese, a mi parecer, el objetivo pretendido por la autora: sacudir la atención del lector y mantenerla en tensión.
Tuve la fortuna en su momento, de dar con un libro del maestro Mariano Baquero Goyanes (los libros, como los maestros, aparecen siempre en el momento adecuado, quizás porque todos los momento lo son), en el que se describe de forma sucinta y esclarecedora “Qué es novela, qué es cuento”. Ese libro pasó a ocupar un lugar destacado entre mis imprescindibles.
En el prólogo, dice el profesor Javier Diez de Revenga que el cuento es un precioso género literario que sirve para expresar un tipo esencial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna una forma narrativa próxima a la de la novela, pero diferente a ella en técnica e intención. Se trata, pues, de un género intermedio entre poesía y novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco que solo es expresable en las dimensiones del cuento. Palabras que, como apreciarán ustedes se adaptan perfectamente a nuestra autora, que domina con soltura la poesía y que ahora traslada su buen oficio al cuento. El cuento está ligado por la índole de su concepción –instantaneidad, fulguración de un tema solo expresable en forma de cuento- a la de la poesía lírica[2], añade Diez de Revenga.
Dª Emilia Pardo Bazán nos dirá también que nota particular analogía entre la concepción del cuento y la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo y muy intensas –porque a ello obliga la brevedad, condición precisa del cuento-. Cuento original que no se concibe de súbito, no cuaja nunca. Y añade: Imagino cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas en la mente del poeta, que suele concebir de una vez el pensamiento y la forma métrica[3].
De cuentos o relatos sabe lo que sí está escrito el excelente narrador Pedro García Montalvo, que describe como ‘consistente’ y ‘aguerrida’ la obra de Teresa Vicente, comenzando las esclarecedoras frases de la contracubierta del libro con la letra E, como se habría apresurado a anotar nuestro común amigo Manrique Cos.
Añade García Montalvo que hay dos clases de cuentos: “los que nada pretenden y pasean su pequeño y vivo espejo ante un fragmento de la existencia, y los relatos que quieren sorprender al lector con una revuelta, un giro”. Dice preferir los primeros, opinión a la que me sumo salvo un ligero matiz: no es imposible la adecuada combinación de ambos estilos de forma que, tras una historia que discurre por senderos de cómoda placidez, acuda el autor a ese giro, ese final sorprendente que sacuda al lector en el cómodo sendero que lo ha conducido hasta allí. Porque el cuento, a diferencia de la novela, se recuerda en bloque, y de forma especial si el final ha resultado impactante, como dice acertadamente Baquero Goyanes: Un cuento, se recuerda íntegramente o no se recuerda.
Ejemplos inolvidables tenemos en Chejov y su Bola de sebo, La dama del perrito de Guy de Maupassant, los conejitos parisienses de Cortazar, El cerdo de Sandrone de Luigi Malerba, Que bonita estampa de Doroty Parker, o el imperecedero Aleph de Borges, maestro de la narrativa y la poesía que, con tantos otros hemos de recordar para siempre.
En este libro de Teresa encontraremos una buena combinación de ambas tendencias, tratadas con adecuada soltura y agilidad, que hablan del buen hacer que demuestra la autora en esta, su primera obra en prosa.
Los doce amores escritos de Teresa, son verdaderamente malsanos. Ya en el primero de los relatos, encontramos: “se detuvo en su cuello y alcanzó el pecho oyendo el corazón extrañamente pausado del joven; se recreó en su blando estómago con la vista de su falo enhiesto que dejaba ver su glande de un rojo cárdeno”.
Pues empezamos bien, me dije. Y proseguí la lectura, animado por aquel principio que alimentaba sorprendentes expectativas. En efecto, los cuentos, de una brevedad justa, mantienen un tono aterciopelado y culto que termina en la tragedia presentida a partir de los primeros relatos.
Hay en ellos ahogados en un palmo de agua –Eliodora, Dora-, despeñados por un precipicio isleño –Biblis y Cauno-, mujeres acuchilladas en la vagina –Actos de amor- o parturientas a las que hay que sacarles el fruto del vientre a pedazos porque la brevedad de sus caderas no permite otra solución- La tía Úrsula.
Por derroteros semejantes transcurren el resto de los relatos hasta completar los doce que componen la obra, sin que haya nadie que escape a la desdicha o la muerte, reales como la vida misma.
Pero no todo es truculencia en el libro, también hay amores tiernos, sin que prevalezca en exceso la diferencia de género –Los siete durmientes de Éfeso- y una forma suave y elegante de contar que eximen de brusquedad la dureza de las narraciones. También Alas prestadas constituye una excepción en la que en el relato  transcurre por cauces de dulzura sorprendente. Aunque parece inspirado en ‘La isla del Dr. Moreau’, conduce al lector hacia un final casi almibarado: Ya de vuelta en casa y en su cama, Gabriela, ajena a todo lo que constituía su naturaleza, estaba abrazada al cuello de su madre, con sus alas debidamente recogidas sobre el pecho de su padre. Calentita, se dejó transportar al sueño bajo el falso cielo pintado de su madre.
Es este, en definitiva, un novedoso libro de cuentos que permite esperar posteriores obras de calidad semejante. No se pierdan, los amantes del género, estos relatos frescos y sorprendentes que no pueden dejar a nadie indiferente.








[1] Diez de Revenga, Javier. Prologo en: BAQUERO GOYANES, MARIANO, Qué es novela, qué es cuento, Universidad de Murcia, 1998.
[2] Ibidem, p.61
[3] Ibidem p.61

lunes, 30 de octubre de 2017

RUBÉN CASTILLO Y "VAMPIROS"

La mayor parte de los críticos literarios aplauden con fervor los volúmenes de relatos donde domina una cierta homogeneidad temática o estilística. Y entre los ditirambos que les dedican suele ocupar un lugar preponderante su condición de obras compactas u “orgánicas”. En mi caso sucede, he de reconocer, lo contrario. Una de las virtudes que más valoro en un libro de cuentos es, precisamente, lo variado de su carácter. Es decir, la capacidad que muestre el autor para concebir, edificar y llenar de brillo argumentos que resulten muy diferentes entre sí, porque me parece que tal despliegue evidencia su esfuerzo, su voluntad de mostrarse creativo en diversos ámbitos (y no sólo en su zona cómoda).
En ese sentido, Vampiros y otros relatos, de Mariano Sanz constituye un ejemplo modélico del tipo de obras que me gustan. Al principio, el lector puede formarse una idea equivocada del tomo, porque los primeros textos lo introducen de lleno en la temática vampírica; pero pronto descubre que hay muchas más cosas entre las páginas excelentes de esta obra: homenajes literarios a Enrique Vila-Matas y Jorge Luis Borges (“La desaparición del doctor Pasavento”); relatos de aparente crueldad que se resuelven en clave humorística (“Leo”); emotivas historias de perros adoptados (“Broc”); narraciones de gran fuerza, en las que los diferentes protagonistas arrastran sus propias historias íntimas, dominadas por el sexo, la ambición o el odio (“Una historia de playa”); inesperadas aventuras galantes (“Don Gerías”); entusiastas de la obra cervantina que demuestran su fervor de la manera más inesperada (“El Quijote tatuado”); hermosas reflexiones sobre la dignidad humana y las conexiones entre vida y literatura (“El médano del loro”); y, en fin, maravillosos apuntes costumbristas donde, con formato de viñeta, se nos ponen ante los ojos las vidas de los esquiladores, los viejos vehículos tirados con tracción animal, las barberías de antaño o el mercado que se situaba junto al puente de los Peligros.

Dotado de una gran elegancia y de una gran fluidez a la hora de contar, Mariano Sanz Navarro consigue en las ciento sesenta páginas de este libro provocar nuestra curiosidad, nuestro miedo, nuestra ternura, nuestra sonrisa y nuestro asombro. Pero, por encima de cualquier otra emoción, consigue nuestro aplauso como lectores. Es, siempre, el mejor de los triunfos.




miércoles, 10 de mayo de 2017

RECUERDOS DE UN NIÑO MURCIANO

Mariano Sanz Navarro

Ed. Murcialibro, Murcia, 2017
A José Cubero Luna lo separan ya unos cuantos años de su infancia, pero ha retenido, con una memoria prodigiosa, aquellos tiempos para dejarlos reflejados en este libro. Nos cuenta, con pormenorizados detalles de un preciosismo barroco, los avatares de un chiquillo de barrio murciano, casi extramuros, en la época de posguerra donde la vida era difícil para todos, especialmente para los niños que no encontraban explicación para aquella carestía extrema. Cosas que hoy forman parte de nuestro mundo habitual, eran a la sazón artículos de lujo solo entrevistos en las grandes solemnidades. El barrio, adyacente a la huerta, ofrecía a los rapaces una fuente interminable de aventuras y aprendizajes que el autor nos relata con minuciosidad, en un mosaico de personajes (el carbonero, el Pichilate, la tía Melitona, los niños de la Misericordia) a muchos de los cuales, cualquier habitante de Murcia que viviera aquellos años le resultarán familiares. Es un libro intimista, de mesa de camilla, de abuelos a los que les resulta imposible resistirse a comentar: ‘Yo también recuerdo los braseros de picón, y el lechero de la bicicleta con las cántaras metálicas, y los silencios tenebrosos con el Señor muerto en Semana Santa, y al pipero de las cuatro esquinas…’
Con la amable lectura de este libro, muchos nos sentiremos participes de las andanzas de aquel niño y añoraremos con él los tiempos de una infancia que el autor nos ayuda a recordar. Es, también, documento interesante para os que no vivieron aquella época y sientan la inquietud de conocer, de primera mano, avatares ya olvidados que conformaron la vida y los hechos de sus padres y sus abuelos.

La edición, a cargo de Murcialibro es sobria y cuidada, la letra –elemento siempre valorable para los que fuimos niños en aquella época- amable de leer, y la portada de Fargas muy a tono con el contenido. Conviene hacerse con libro, será difícil que les defraude.

domingo, 19 de febrero de 2017

SI ESTO ES UN HOMBRE

Mariano Sanz Navarro

LEVI, PRIMO, Si esto es un hombre, Austral, Barcelona, 2016
¡El horror!¡El horror!, escribía Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas. Y explicaba: Sobre aquella cara de marfil vi la expresión del orgullo sombrío, del poder despótico, del terror más abyecto, de la desesperación más completa y definitiva.
Imposible no recordar estas frases leyendo Si esto es un hombre de Primo Levi, la descripción del calvario inhumano sufrido por el autor en el campo de concentración (de exterminio, mejor) de Monowitz, cerca de Auschwitz, donde la esperanza de salida era sólo por la chimenea. Otra visión del horror con que unos hombres son capaces de someter a otros, como si ‘esos otros’ fueran monstruosos animales que no pertenecieran a su misma especie.
Levi fue uno de los pocos supervivientes de aquel campo, al que fue conducido sin más razones que la de ser judío, cuando los nazis iniciaron su enloquecido programa de limpieza étnica considerándose la raza preponderante en una interpretación torticera de los principios darwinianos.
Dice Levi en el prefacio de su libro, que no lo ha escrito con la intención de formular nuevos cargos, sino para proporcionar documentación para un estudio sereno de algunos aspectos del alma humana (p.7). Ojalá que su objetivo se cumpla. Fue terrible lo ocurrido durante la segunda Guerra Mundial, y más terrible aún lo sucedido en la retaguardia alemana a lo largo de toda ella. La barbarie, el odio al diferente por el solo hecho de serlo, se instaló en una población adormecida por las consignas, la obediencia ciega que les exigía el sistema nazi, y el miedo que suponía alejarse de los principios universalmente aceptados por terribles e injustos que fueran. Nadie miraba hacia dentro, sino hacia fuera.
El relato, que mantiene el corazón del lector encogido durante toda su lectura, está elaborado con una crudeza descarnada, como si los hechos –terribles- que se describen en él, le hubieran sucedido a un personaje de ficción y no al autor. Al igual que en el infierno de Dante, para los que cayeron en el abismo de los campos de exterminio, la esperanza desaparecía desde el momento de su llegada, por más que un instinto de supervivencia ancestral mantuviera flotando sobre la vida hombres reducidos a una condición sub-humana: Fueron las incomodidades, los golpes, el frío, la sed, lo que nos mantuvo a flote sobre una desesperación sin fondo (p.16)
Tras un viaje demencial, transportados desde lugares diferentes de Alemania, Francia o Italia hasta la lejana y gélida Polonia, llegaban los prisioneros al conjunto de campos de Auschwitz. El viaje habia sido el primer paso del exterminio: durante días, hacinados en vagones de ganado, hombres, mujeres y niños, sin agua ni comida, en un ambiente pestilente, se inicia el proceso de bestialización que solo concluiría con la muerte. Al llegar, por fin, en menos de diez minutos todos los que éramos hombres útiles estuvimos reunidos en un grupo. Lo que fue de los demás, de las mujeres, de los niños, de los viejos, no pudimos saberlo ni entonces ni después: la noche se los tragó, pura y simplemente. (P.19). Alli se deshicieron las familias y se perdieron de vista los seres próximos para siempre. Muchos, ya en ese primer momento, se dejaron llevar por la desesperanza ciega que engendra la injusticia contra la que es imposible revelarse, y dejaron de vivir el futuro para seguir un instinto básico que los llevaba a concentrarse en un presente inmediato. Para ellos, hace meses, años, que el problema del futuro remoto se ha descolorido, ha perdido toda su agudeza, frente a los mundos más urgentes y concretos problemas del futuro próximo: cuando comeremos hoy, si nevará, si habrá que descargar carbón. Si fuésemos razonables tendríamos que resignarnos a esta evidencia: que nuestro destino es perfectamente desconocido, que toda conjetura es arbitraria y totalmente privada de cualquier fundamento real. P.37
El relato del tiempo inacabable de permanencia en el campo es el de las complejas relaciones de egoísmo al que aboca la necesidad de sobrevivir: La lucha por la supervivencia no tiene remisión porque cada uno está desesperadamente, ferozmente solo. (P.96) Y se desvela lo peor del ser humano: Está dentro del orden normal de las cosas que los privilegiados opriman a los no privilegiados: esa es la ley humana que rige toda la estructura social del campo. (P.46) Ofrézcase a algunos individuos es estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndoles a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte. P.99

Cuesta trabajo, después de la lectura, no revisar desde el principio todos los conceptos adquiridos –impostados, con frecuencia- sobre la necesaria solidaridad, el respeto y la fraternidad universal que hasta el momento nos parecían valores de uso común en nuestra especie. La teoría impuesta por la necesaria convivencia, que llevamos practicando con éxito diferente desde tiempo inmemorial, no concuerda con la práctica cuando la situación se hace extrema y los valores al uso se invierten. La conclusión es dramática, y la única esperanza es imaginar un futuro donde la naturaleza humana no se ponga en condiciones de dificultad. Las consecuencias, como cuenta Levi, pueden ser terroríficas.
Un libro imprescindible para que la memoria no se pierda.






lunes, 30 de enero de 2017

JOSÉ BELMONTE Y EL COMISARIO SOTO

Entre nazi, meapilas y autárquico

JOSÉ BELMONTE
Es una de esas novelas que pueden llegar a despistar a un lector poco avisado. Por su título, por la portada –muy sugerente, por cierto, digna del mejor cine negro–, podríamos pensar que se trata, sin más, de una novela policiaca al uso, como otra de las tantas que, en estos últimos años, al hilo de la moda, se vienen publicando en España con suerte dispar. Para empezar, ‘El comisario Soto’ es el primer relato extenso que sale a la luz de su autor, Mariano Sanz, murciano nacido en 1943. Su inexperiencia en este género no se ve, ni mucho menos, reflejada en estas páginas. Se nota, de entrada, que es un gran lector, un escritor que cuida al máximo la sintaxis y que selecciona meticulosamente las palabras que usa, sin renunciar al lenguaje de la calle cuando es preciso.
El problema, si es que en verdad se trata de un problema, es que estamos ante una novela falsamente policiaca. O, si se quiere, una novela policiaca sin ‘caso’, con lo que se le da la vuelta a un calcetín quizá demasiado manido, y su autor apuesta, mas bien, con desparpajo y atrevimiento, por un relato que tiene más de psicológico y costumbrista, con un cierto asomo de novela histórica. Pone en pie y describe, con pinceladas sólidas y certeras, a tres o cuatro personajes –entre ellos, el propio Soto, su esposa y el Lagartija–, amén de otros entes de ficción que logran funcionar en estas páginas a pesar del corto papel que les toca representar, como Paula, “puta de escaso éxito, pajillera de portal, cigarrera y por fin alcahueta”. La acción se reparte entre Barcelona y Murcia. Y su tiempo, durante el Régimen –“inventado por Franco, entre nazi, meapilas y autárquico en el que todo el mundo se miraba de soslayo sin atreverse a la crítica”–, cuando se repartía verdadera estopa en las comisarías de barrio, con confidentes, policías corruptos y chulos campando a sus anchas.

‘EL COMISARIO SOTO’
Autor: Mariano Sanz. Estilo: Novela.
Editorial: Raspabook. Murcia, 2016.

330 páginas. Precio: 15 euros.

jueves, 19 de enero de 2017

DEL BLOG DE RUBÉN CASTILLO, El comisario Soto

El comisario Soto



Mariano Sanz Navarro tiene tres cosas en común con Jesús Torbado, Osvaldo Soriano y Eduardo Mendoza. La primera es que los cuatro (tres españoles y un argentino) llevan o llevaron bigote durante buena parte de sus vidas; la segunda, que son maravillosos, excelentes prosistas; la tercera, que todos vinieron al mundo en el año 1943, justo en medio de la SegundaGuerra Mundial.
La última demostración del talento de Mariano Sanz nos llega con El comisario Soto, que es su primera incursión en el ámbito de la novela, tras unos libros de viajes realmente fastuosos. Y el resultado es sin duda notable, pese a que la editorial juegue a despistar a los compradores del libro diciéndoles en la contraportada que “el lector tiene en sus manos una novela negra”. Yo, que no pertenezco a la cofradía de los amantes de dicho género, tragué un poco de saliva cuando me sumergí en sus primeros párrafos, pero conforme avanzaba por sus páginas me fui dando cuenta de que la frase de la contraportada no pasaba de ser un resorte publicitario más, sin demasiada consistencia.
El comisario Soto, por suerte, sí que es una estupenda narración, que se construye sobre tres personajes principales: Roberto Soto, que ha dedicado la mayor parte de su vida a ejercer como comisario y también como corredor de comercio; su esposa Mercedes, una mujer fea, tiránica y desdeñosa, que mantiene con él una relación fría y bastante artificial (le preocupan mucho más las relaciones sociales que el trato con su marido); y Manuel, alias El Lagartija, un antiguo ladronzuelo por el que Soto apostó y que, a la postre, terminó convirtiéndose en una persona honrada, que vive en Vallvidrera y que tiene como vecino a un singular detective privado que adora la gastronomía y que responde al nombre de Pepe Carvalho.
¿Y dónde se encuentra la mejor virtud de esta narración, que se extiende por encima de las trescientas páginas? Entiendo que radica en un doble eje: de un lado, la capacidad que demuestra Mariano Sanz para darle fluidez al relato, que avanza con ritmo sereno, claro y eficaz; del otro, en la maestría que demuestra el novelista para construir personajes densos, enjoyándolos de matices, hasta lograr que los veamos como entidades vivas, solventes, creíbles. Así, por poner un único ejemplo, Mercedes no es simplemente una mujer rebosante de acrimonia que ha ido poco a poco amargando la existencia a Soto, sino que su alma se fue forjando gracias a los golpes que el Destino le infligió: hija de un jugador empedernido que avergonzaba a su familia; criada luego por su tía Remedios, una mujer beata y engañada por su marido; luego recriada por su tía Camila, que llevaba en Barcelona una vida mucho menos convencional, como querida del señor Benet... Con docenas de mimbres como esos, Mariano Sanz nos va situando ante seres de asombroso espesor, que consiguen que la obra crezca hacia atrás, porque las miradas retrospectivas adquieren mucha más importancia que la enumeración de los aconteceres actuales.


El experimento, desde luego, funciona. Y Mariano Sanz Navarro logra con esta falsa novela negra algo más importante que un libro sujeto a la tiranía de la moda: una auténtica novela sobre la España más negra del siglo XX. Me siento feliz de haberla leído.

viernes, 13 de enero de 2017

LEYENDO A ANTONIO CAMPILLO MESEGUER:


Mariano Sanz Navarro

CAMPILLO, ANTONIO, Tierra de nadie. Cómo pensar en la sociedad global, Herder, Barcelona, 2015
Para los que somos legos en la materia, resulta gratificante un remojón salutífero en las templadas aguas de los escritos filosóficos. Y nada mejor para ello que optar por este libro del profesor Campillo Meseguer, que seguro ha de proporcionar al que en él se adentre, materia suficiente para la reflexión pausada. Si el lector tiene cierta propensión a la molicie, como es el caso de quien esto escribe, se verá de inmediato espoleado a incorporarse al grupo de personas a las que inquieta nuestro presente, nuestro futuro, y las relaciones que entre nosotros y con el medio hemos de mantener: repensar radicalmente las relaciones entre lo privado y lo público, lo personal y lo político, la tutela de los más vulnerables y el contrato entre los iguales; en resumen, la ética del cuidado y la política de la justicia social.
En estos tiempos en que vivimos un nuevo retorno a la barbarie, amenazados por un capitalismo cada vez más globalizado, desregulado y depredador (p.19), suena como un canto de esperanza su opinión de que, lejos de ser un oficio anticuado e inútil, la filosofía tiene ante sí una gran tarea y una gran responsabilidad: ayudar a reconstruir “la razón común” para que la humanidad viviente, entretejida ya en una sola sociedad planetaria, se haga cargo de su pasado múltiple y se enfrente al porvenir con una actitud reflexiva y cooperativa. (p.21)
Campillo analiza las sucesivas etapas globalizadoras que a lo largo de la historia de la humanidad han sucedido, para adentrarse en el concepto de terra nullius, desde su aparición en época imperial romana hasta su aplicación sesgada e interesada, por los países colonizadores o sencillamente invasores, de épocas modernas (casos de EEUU, Australia, Israel, Sahara Occidental, etc.). Concluye que el concepto de terra nullius y la teoría del “descubrimiento” fueron ficciones jurídicas utilizadas para justificar la conquista de la tierra habitada por los indígenas. (p.43)
La terra nullius de los orígenes se ha convertido en tierra de todos, “el patrimonio común de la humanidad”. El mundo, que era infinito cuando nuestros primeros abuelos salieron de la Falla del Rif para adueñarse de él, se ha vuelto pequeño; se puede circundar, no ya en días, sino en horas, y las comunicaciones han acabado con las distancias. Eso nos conduce inexorablemente a un concepto de globalidad y de responsabilidad compartida en la forma de tratarlo. Es tarea de la que nadie puede sentirse excluido desde que instalamos el ‘efecto mariposa’ en el planeta. Debemos aceptar que, como decía Michel Foucault refiriéndose a los filósofos griegos, existe un vínculo inseparable entre éthos, pólis y kósmos, las tres condiciones básicas de la vida humana: Hemos de comenzar a pensar la sociedad global como una nueva comunidad histórico-política, como un nuevo espacio de convivencia que debe dotarse de leyes e instituciones democráticas comunes. (P.85)
Emplea el Dr. Campillo la metáfora del barco: todos los seres vivos navegamos en este mismo barco, por más que a unos le haya tocado viajar en primera y a otros en segunda o en las bodegas. Yo aún añadiría que los hay todavía más desafortunados: aquellos a los que les ha tocado nadar tras la estela tumultuosa del navío, implorando a voces que los dejen subir a bordo sin que, en la mayoría de los casos, nadie los escuche ni se moleste siquiera en mirar por la borda.
En la tercera y última parte del libro, se adentra el autor en el concepto de la filosofía como cosmopolietica, que trata de conectar entre sí la ciencia, la política y la ética. (p.91) en un mundo en el que se producen, cada vez con mayor frecuencia cambios muy profundos, muy acelerados y muy generalizados. (p.111)
La tarea de la filosofía –concluye- consistirá en actuar como traductora entre idiomas diversos, como mediadora entre adversarios enfrentados, como constructora de puentes entre territorios incomunicados entre sí. (p.115)
*
Se trata de una obra imprescindible, dirigida a quien tenga la sensibilidad suficiente para mirar con preocupación a su alrededor y se pregunte hacia dónde camina la sociedad en que vivimos. Existe una relación biunívoca entre el grupo humano y un medio que, erróneamente, se ha considerado como bien de renta cuando es un bien de capital y agotable, que solo le pertenece en tanto que inquilino que dispone del usufructo. Tenemos la obligación ineludible de manejarlo como bien común, y de dejarlo a nuestros descendientes en mejores condiciones de las que lo recibimos.

No se lo pierdan. Escrito en un lenguaje llano y asequible, es de los libros que se leen en una hora y se digieren durante mucho tiempo.