jueves, 31 de marzo de 2016

LOS CORAZONES DEL PULPO

                                   Mariano Sanz Navarro

LOPEZ SORIA, MARISA, Los corazones del pulpo, Oxford, Madrid, 2012

Marisa López Soria (Albacete, 1956) cuenta con más de treinta libros publicados para niños y jóvenes en distintas editoriales (Edebé, Everest, Alfaguara, Hiperión, Casals, Espasa, Círculo de Lectores, Pearsons Educación, Mondadori, La Galera, Planeta, Oxford, Laberinto…) y ha sido traducida a varios idiomas.
Diversos autores especialistas en el género que cultiva han destacado su interés en colocar el lenguaje y la literatura por encima de los argumentos y de los mensajes explícitos[1]; su gusto para jugar con las palabras y el cambio de hilo de la narración[2]; la tendencia a reducir, eliminar palabras, buscando la sencillez, situando la trama en lugares universales y no concretos. Sus obras esconden siempre un trasfondo pedagógico[3]; el uso de un lenguaje rítmico y de agradable lectura – recurriendo a los juegos de palabras– mezclado con un tono coloquial y siempre en presencia de la ironía[4], etc.
*
Vayamos ahora con los corazones del pulpo.
Lo del título no es casualidad. Los pulpos tienen, en efecto, tres corazones, que se complementan para transportar por el interior del animal la sangre de color azul, como dicen que la tenían los monarcas antiguos. Puede que los de ahora, por mor de las democracias igualitarias, estén virando al rojo común y corriente, desmarcándose de esos cefalópodos.
Quizás por eso de la sangre azul, a los pulpos se les debía conferir título de nobles, pero no es en ese sentido en el que la autora utiliza la metáfora, sino en otro más ingenioso, como verá el que lea la obra.
Además del curioso título, lo que más sorprende al lector es la frescura del texto: el libro está escrito, fingidamente, por una quinceañera; y encontrar el lenguaje desinhibido y natural que los chicos de nuestros días emplean, no es tarea fácil, al menos así lo considera quien esto escribe, que disfrutó hace ya mucho tiempo de esa hermosa edad.
Marisa, como los buenos escritores, ha adquirido la facultad de “mirar”, de ver lo que los comunes no podemos ver, para ofrecérnoslo luego, a través de la letra impresa, donde lo ha fijado para siempre.
El libro es muchas cosas sin que me atreva a colocarle una etiqueta concreta. Describe un interesante recorrido por la bella región de Francia llamada Alsacia, pero no es, en puridad un libro de viajes, ni una novela, ni un ensayo sociológico, aunque participe de todas esas cosas. El recorrido desde un lugar del sur de España hasta la parte de Francia que nos describe, es excusa para adentrarse en la aventura de una adolescente que comienza, a contrapelo, el periplo siendo ninfa y lo completa habiéndose convertido en mariposa adulta.
—¿Estás enamorada? –preguntó en ascuas- A mí me gustaría tanto saber cómo se nota eso del amor, qué se siente…
Para la chica que nos lo relata, este es un viaje iniciático, ese viaje que aparece en los más antiguos tratados de nuestra literatura mediterránea y que todos, de una forma u otra, hemos hecho alguna vez en la vida y mantenemos, en secreto, el deseo recóndito de volver a realizar otra vez, como en el mito del eterno retorno.
Vivimos en un mundo complejo en el que nos vemos obligados a inventar nuevos códigos de relaciones y conductas, redefinir y aceptar situaciones que hasta ahora eran marginales o inexistentes. Pues bien, la panoplia de personajes que forman el grupo viajero de Los corazones del pulpo, constituye una muestra arquetípica de esa sociedad, con sus virtudes y  contradicciones en las que las tres adolescentes protagonistas, como los tres corazones de un pulpo, fluctúan intentando acoplarse entre sí y con el mundo adulto que no siempre comprenden, ni las comprende.
Describe Marisa, a través de su personaje, Micaela, con fluidez y encanto que facilitan la lectura, costumbres, tradiciones, gastronomía y formas de vida del país que todos, menos la protagonista, están ansiosos por descubrir. Nos lleva a visitar ciudades llenas de tradición e historia. Nos habla de una tierra con peculiaridades sorprendentes para gentes que llegan a él desde otras en las que la nieve, que cubre la Alsacia durante ocho meses al año, es un elemento desconocido por completo.
Es, en fin, libro encaminado a un público juvenil que un adulto puede leer con agrado, descubriéndose con facilidad en los personajes que en él aparecen, y realizando, del bracete con ellos, un recorrido lleno de encanto por un país hermoso, diferente y acogedor, en compañía de unos elementos llenos de vida y naturalidad.

La edición de Oxford University Press es cuidada y elegante, la portada premonitoria. La letra, suficiente, hace la lectura agradable. Una obra recomendable incluso para los que ya no estamos en edades juveniles.
 





[1] Ana Garralón, Historia portátil de la literatura infantil.
[2] Revista Educación y Biblioteca
[3] Revista “Platero”, Premio Nacional de Animación a la Lectura, número especial dedicado íntegramente a la autora.
[4] , Juan José Lage Fernández en su Diccionario histórico de autores de la Literatura infantil y juvenil contemporánea.

jueves, 24 de marzo de 2016

SOBRE EL QUIJOTE

                                              
                                         Mariano Sanz Navarro

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra” novela publicada el año de 1.605. La segunda parte se publicó diez años después.

Es una obra de madurez (Cervantes tiene 57 años en aquel momento, edad en que su época lo sitúa en los umbrales de la ancianidad), que trata de los disparatados hechos de un personaje también maduro:.. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años...
Cuando inicia el Quijote, Cervantes es un hombre viejo y presumiblemente desencantado. Ha sido soldado de fortuna (escasa) aunque de cierta gloria, ha padecido la burocracia de Felipe II, miserias y cárceles, como su padre y como su abuelo; ha sido aprisionado por los turcos y sometido a penosa estancia en sus baños hasta que los frailes mercedarios lo rescatan por 500 escudos después de numerosos y fallidos intentos de fuga por los que, contra todo pronóstico, no es represaliado; tiene una hija bastarda a la que da su segundo apellido, se casa ya cuarentón, parece que más por las rentas esperadas del enlace que por otra razón, y en sus últimos años vive con un grupo de mujeres de su familia, de más que dudosa reputación -entre las que no figura su esposa-, que lo sumergen en lances vergonzosos con demasiada frecuencia.
No parece que estas circunstancias de su vida, rodeada siempre de penurias económicas, sean las más propicias para engendrar una obra de la magnitud del Quijote y de su talante generoso e innovador que constituye, seguramente, la primera gran novela escrita en lengua castellana[1]. Sin embargo, y a pesar de sus escasos éxitos como escritor hasta el momento, acomete en silencio, esta gigantesca tarea que constituye el triunfo mayor de su vida, del que aún tuvo la fortuna de poder disfrutar en sus últimos años.
Es posible que Cervantes pretendiera ser, ante todo, poeta y autor teatral (dice en el “Viaje del Parnaso”: Yo que siempre me afano y me desvelo / por parecer que tengo de poeta / la gracia que no quiso darme el cielo), campos en los que no obtiene la respuesta exitosa que cree merecer. Como poeta no es excesivamente apreciado y como autor teatral queda ensombrecido por la figura de Lope de Vega que acapara la posibilidad de representar en los corrales, con sus comedias ágiles y desenfadadas muy del agrado del público del momento. Su “Cerco de Numancia”,  de una densidad demasiado trágica, no tiene nada que hacer frente al divertido costumbrismo picante que las obras de Lope proporcionan a un público poco culto y vulgar, ávido de diversión sin mayores complicaciones. Ha de quejarse el autor, con amargura de ello cuando en la segunda parte de D. Quijote que dedica a D. Pedro López de Castro, conde de Lemos, se duele: ... mis comedias antes impresas que representadas...
La fortuna, aunque no económica, sonríe por fin al viejo poetón tullido de un arcabuzazo en Lepanto, con la publicación del primer Quijote, que tiene un éxito inmediato; se edita cinco veces en 1605 y dieciséis entre 1605 y 1616; aún llega a tiempo de ver sus traducciones al francés y al inglés. Conviene recordar que Cervantes sólo ha publicado hasta ese momento “La Galatea”, y de eso hace ya veinte años.

El Quijote es, quizás, la novela más divertida y profunda jamás escrita en castellano; su humor, como sabio, es elegante, sobrio y sin ninguna concesión a lo chabacano; humor de sonrisa, no de carcajada, que no la precisa. Es más que probable que se iniciara, en un principio, como una serie de relatos cortos y el desarrollo de los personajes desencadenara pronto la necesidad de mayor espacio y la aparición de nuevos elementos. Hay una evidente sátira acerca de los embelecos que los libros de caballerías inducen en las mentes sencillas de los que se enfrentan con la novedad de los libros impresos. También un ascendiente mágico que todo lo escrito despierta sobre las gentes que lo creen cierto por el solo hecho de estar impreso. Hay que recordar que en uno de los episodios de la venta (cap. XXXII), las únicas historias escritas que se reputan como falsas son precisamente las cuentas del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, mientras que las fantasías de que hablan los libros de caballerías, con sus disparatados hechos, son aceptadas como verdades de evangelio.
Esta intención se evidencia en el prólogo del primer Quijote ... pues esta, vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías...
Hay, además de esto, el sano intento de que leyendo la obra, …el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla.

Se gesta el Quijote, a la manera de una “novella” corta italiana, del estilo Bocaccio o Bandello, con un personaje que, aunque bien dibujado desde el principio, no tiene la dimensión gigantesca que, por contraste, ha de asumir con la aparición de Sancho.
Los seis primeros capítulos transcurren sin que don Quijote, que ha iniciado su andadura de desfacedor de entuertos, bien pertrechado de los elementos caballerescos que su monomanía le ha hecho escoger con minuciosidad, (incluida la dama imaginaria que ha de mantenerse en ese plano durante toda la obra) tenga necesidad de más ayuda. Es a partir del capítulo VII que D. Quijote solicita a un labrador vecino suyo, hombre de bien [...] pero de muy poca sal en la mollera,  que se salga con él para servirle de escudero, eso sí, contratado “a merced”  que no hay ninguna otra forma de salario descrita en los libros de caballerías que él conozca.

A partir de ese momento queda consolidada una de las parejas más famosas del patrimonio literario universal; y por lo que supone para el desarrollo de la obra, puede considerarse a Sancho Panza el hallazgo fundamental del Quijote. A través de él vamos a poder conocer la realidad social, el folclore y las costumbres de su tiempo. Va a darle cuerpo y cara al rústico de la época, simple, pero con una notable dosis de ingenio natural como demostrará durante los breves días de gobierno en su ansiada ínsula, en los que acaba como burlador de los que se prometían divertidas chanzas a su costa. Sancho comienza su  andadura como antítesis y contraste de D. Quijote, pero a medida que la novela transcurre, sobre todo en la segunda parte, asistimos al fenómeno de la sanchificacion de Don Quijote y de la quijotización de Sancho, con lo que las dos figuras se complementan y enriquecen. Han tomado tal consistencia cada una por su lado, que pueden separarse, como sucede al final de la segunda parte, y navegar con rumbos diferentes sin que la historia sufra menoscabo.
Desde el principio, Sancho opone su pragmática visión de la realidad a la de D. Quijote, ilusoria y llena de sueños fantásticos a los que la acomoda, transformándola de la mano de los encantadores que lo persiguen encarnizados y la trocan a su comodidad de continuo. Sancho no duda que su amo esté, si no loco, por lo menos algo trastornado, a pesar de lo cual lo seguirá apoyando en sus más descabelladas aventuras, magnificando sus hazañas ante los demás y esperando, confiado, la ínsula que no duda ha de otrorgarsele un día.
Pero ese momento feliz no ha de llegarle, por ahora, ya que los pérfidos encantadores que persiguen a su buen amo, han tramado una extraña máquina para perderle, que consiste en encantarlo por medio de sus habituales engaños y malas artes para conducirlo maniatado, enjaulado y sobre una carreta tirada por mansos bueyes, impidiéndole así, envidiosos de su fama y hechos, ejercer su beneficioso oficio de andante caballero. Allí, auxiliado por las fieles ama y sobrina, bizmará sus heridas y recobrará el sosiego que precisa para preparar su tercera salida, en la que piensa dirigirse a unas famosas justas que han de celebrarse en Zaragoza.
Conducido de la forma más indigna que para un caballero pueda haber y que él soporta, estoico, por la Orden de Caballería que profesa, es  transportado hasta la aldea por el tropel de diablos que ocultan bajo sus máscaras al cura, al barbero y al resto de los personajes que han sido actores, en la Venta de Juan Palomeque, de los últimos acontecimientos. Lo conducen entre burlas y veras mientras Sancho, que alimenta fundadas sospechas acerca de los fingidos demonios, no acaba de hacerle la contra a su señor que atribuye toda la máquina a los pérfidos encantadores que le persiguen sin tregua. Llegada la comitiva al lugar, es recibida por el ama y la sobrina, contentas de la vuelta del caballero aunque apesadumbradas por su aspecto roto y exánime, del que tardará en recuperarse los diez próximos años.
Durante el otoño de 1614, cuando Cervantes se acercaba a la conclusión de la segunda parte de don Quijote, encaminado con toda seguridad a Zaragoza como se nos había prometido en la primera, llega a sus manos un libro publicado en Tarragona con el titulo de Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, firmado por Alonso Fernández de Avellaneda, natural de Tordesillas. Nombre y patria falsos, encubren al autor, aún hoy desconocido, posiblemente un compañero de armas de su juventud, con toda seguridad del entorno de Lope de Vega, nada amigo de Cervantes.
Ya en el prólogo, Avellaneda carga contra Cervantes refiriéndose a sus novelas más satíricas que ejemplares, si bien no poco ingeniosas y entra, con evidente mal gusto, a sus defectos físicos y otros alifafes: y digo mano, pues confiesa de sí que tiene solo una [...] tiene más lengua que manos […] Cervantes es ya de viejo [...] y por los años tan mal contentadizo,...
La aparición de este libro debió causar no poco disgusto a nuestro escritor, tanto por verse arrebatados unos personajes paridos por su ingenio, cuanto por las diatribas y ataques que directamente se le hacen.  La reacción es fulminante y digna de su categoría. Primero compone y endereza los pasos de sus personajes a otra parte que la que ha prometido en el final de la primera y que le ha sido usurpada por Avellaneda, luego acelerando la aparición de su propia segunda, en cuyo prólogo da un repaso al atrevido, y por fin vareando al apócrifo en su obra.
Dice el primer biógrafo de Cervantes, Don Gregorio Mayans y Ciscar en su Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, publicada en 1737, del Quijote de Avellaneda: su dotrina es pedantesca i su estilo lleno de impropiedades, solecismos y barbarismos, duro i desapacible i, en suma, digno del destino que ha tenido.
Y Cervantes mismo, en el prólogo de la segunda parte le da una réplica contundente aunque elegante en la que se refiere a Lope de Vega defendido por Avellaneda gratuitamente: y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. (Era notoria la vida disoluta de Lope, a la sazón clérigo y familiar del Santo Oficio).
Desde luego, el Quijote de Avellaneda está a mucha distancia literaria del autentico; su protagonista no es un visionario genial sino un pobre loco que acaba donde los tales suelen terminar, y Sancho no es más que un rústico mentecato, desaforado comilón y exento de gracia. Cervantes mismo, comentando el episodio en el que Avellaneda hace a sus personajes asistir a las justas de Zaragoza dice de la escena que es falta de invención, pobre de letras, pobrisima de libreas, aunque rica de simplicidades. Opinión que se supone, quiere hacer extensiva a toda la obra.
Pero, más adelante, continúa  el varapalo cervantino al osado, que no es don Miguel persona que deje las cosas a medio. No contento con rechazarlo de plano, como hemos visto, ingenia la forma de eliminarlo por completo convirtiéndolo en materia de su propia novela. En el capitulo DIX, (que seguramente Cervantes ha recompuesto, pues ya lo debía tener escrito cuando aparece el de Avellaneda), don Quijote y Sancho coinciden en una venta cercana a Zaragoza con dos caballeros a los que oyen, a través del frágil muro, leer la segunda parte apócrifa. Para dejar patente la impostura, don Quijote decide torcer el rumbo y encaminarlo a Barcelona ... no pondré los pies en Zaragoza y así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno... 
Más adelante, durante su estancia en Barcelona, el caballero visita una imprenta en la que se está preparando una reimpresión de la obra; Altisidora cuenta que en su tránsito de la vida a la muerte llegó hasta las puertas del infierno y vio a unos demonios jugar a la pelota con libros vanos “llenos de viento y borra” entre los que se encontraba la segunda parte falsa.
Por último y en una genial pirueta, cuando ya regresan al lugar, se encuentran con un personaje del mismo Avellaneda, don Alvaro Tarfe, al que muestran, con su misma presencia, la mentira de los hechos relatados en el quijote del falsario. Don Álvaro, hasta ese momento personaje de Avellaneda, es escamoteado de forma genial, pasando a ser personaje cervantino.

Para concluir esta breve ojeada sobre el Quijote, parece oportuno traer a colación la fabulación que Jorge Luis Borges en su relato, Pierre Menard, autor del Quijote,  hace sobre un escritor francés de final del siglo pasado que concibe la peregrina idea de completar la obra de Cervantes con algunos capítulos de su cosecha. Se pone a la tarea el hombre y después de mucho trabajo descubre que su obra se acerca a la perfección sólo cuando reproduce con exactitud los capítulos del Quijote publicado en 1605 y 1616. Al calcar palabra a palabra los párrafos de la obra, el escritor descubre en ellos una nueva luz no entrevista hasta entonces, comprendiendo que es solamente el lector el que revive el texto, dando vida en sí a los personajes, modulando de forma especial y única sus voces y dotando de sentido nuevo a las viejas, inmortales, palabras.






[1] En 1490 se había publicado, en Valencia la novela de caballerías Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell, escrita en lengua valenciana.

jueves, 17 de marzo de 2016

LA PRIMAVERA EN VIAJE HACIA EL INVIERNO

                                                                                 Mariano Sanz Navarro

GARCÍA MONTALVO, PEDRO, La primavera en viaje hacia el invierno, Ed. Regional de Murcia, 1981

 Expurgando la discreta biblioteca que poseo, me viene a las manos este delicioso librito que me renueva el cariño por sus letras y por su autor.
A mi juicio, Pedro García Montalvo (Murcia, 1951) es un escritor menos conocido en nuestras latitudes de lo que sería justo. Estimo particularmente sus libros de cuentos, quizás por ser ese un género que también cultivo, salvando las evidentes distancias.
Su obra es dilatada: El intermediario, Editorial Seix Barral. Barcelona. 1983; Una historia madrileña. Editorial Seix Barral, Barcelona, 1988; Las luces del día, Editorial Pre-Textos, Valencia, 1997; Retrato de dos hermanas,  Ediciones Destino, Barcelona, 2004; El relámpago inmóvil, Ediciones Destino, Barcelona, 2009; Los amores y las vidas, Editora Regional de Murcia, l983.
Varias de ellas han recibido diversos premios y galardones, incluso se han llevado al cine; aunque en los últimos tiempos el autor guarde un prudente silencio, anticipo quizás de nuevas sorpresas que esperamos con avidez.
Componen el libro del que tratamos aquí -La primavera en viaje hacia el invierno- una colección de seis relatos con un prefacio donde se adelanta una futura realidad literaria que supone acercar al lector al ciclo completo como la naturaleza acerca al viajero a una ciudad por primera vez visitada. Quedémonos, por ahora, en esta primera piedra, ya de por sí atractiva.
García Montalvo utiliza una prosa dulce y poética, rebosante de buena literatura, de factura perfecta, ligeramente barroca que soslaya con habilidad el fárrago peligroso de la pedantería.
El “íncipit” de su primer relato – DIVERTIMENTO-, dice mucho de lo que hemos de encontrar en las páginas que siguen: El alegre bullicio parecía connatural a aquel paraje del río. Difícil sería volver a imaginar el boscoso remanso sin aquella algarabía feliz que inundaba sus márgenes. (P.13).
A partir de aquí, viene la historia de una apacible jornada que dos adineradas feligresas de la diócesis – Dª Asunción y Dª Cava-, proporcionan a los niños pobres de las escuelas y a los maestros imprescindibles para su guarda. Entre ellos, don Toribio Casasimarro, cuyo bigotillo académico contribuía a precisar su efigie, y salía fiador de sus buenas costumbres. (P.15).  El relato va desgranando, en una prosa intimista y delicada, las aventuras de la jornada, perfilando con minuciosidad los personajes hasta hacerlos tan cercanos que nos parecen salidos de nuestra propia juventud. Don Toribio acabará conquistando, en una aventura disparatada a la que se ve abocado a su pesar, a su amada, inaccesible hasta aquel momento glorioso. Una aventura fluvial que recuerda el desatino de don Quijote en un barquichuelo al que las aguas amenazan conducir hasta las fauces de un molino harinero.
Es libro para leer de forma pausada, pues no ha de surgir el interés de la acción, que se remansa lentamente, sino de la propia lectura que se muestra deleitosa, por más que el desarrollo de las escenas nos vaya conduciendo, suavemente, hasta el desenlace que resulta, como se intuía, bonancible; epifánico, dirían los que analizan con mirada más docta estos asuntos. Ahora sí, ahora, por vez primera, don Toribio podía concebir esperanzas…(p.24)., porque Nuestras vida parece surgir sobre la tierra como por una chanza genial a la que nos es imposible sustraernos, pero sobre cuya tenue gratitud veremos alzarse la forma de la nobleza, la dignidad y el genio (p. 25).
Más adelante sabremos, en otra historia -UN MONÓLOGO-, que la mente ociosa puede reservarnos sorpresas truculentas, imágenes nunca deseadas como la del viajero que experimentó sin asombro la delectación de quien maquina un mal para su enemigo sabiendo que no llegará a cumplirse, y gozando así del resultado sin exponerse a remordimiento, gustando sin esfuerzo ese gozo imaginado y parcial. (p.52). El señor Berenguer llegará a su destino, a salvo ya de sus ardorosas meditaciones durante el recorrido inacabable en un tren inhóspito, observando que un vagabundo dormía en un banco, bajo el goteante porche, y uno de los empleados atravesaba entre los grupos, ensimismado, balanceando en la mano una potente linterna.  (p.62)
A qué seguir desgranando lo que se dice en los siguientes cuentos. Baste decir que todos se desarrollan a tenor parecido y que recomiendo su agradable lectura al que sienta deseos de relajarse, en una tarde amena, con una lectura culta y delicada, poco frecuente en nuestros días.

El libro fue editado en su día por La Editora Regional de Murcia, obteniendo Mención de Honor en el premio “Ciudad de Alcalá de Henares” de narrativa en el año 1980. Hay varias ediciones posteriores. La que poseo, dedicada por el autor, es una pequeña joya (por su tamaño), que no debería faltar en ninguna biblioteca de nuestra región ni de cualquier otra. Si de algo adolece –a mi forma de ver-, es de una letra menuda y abigarrada de la que pueden dolerse algunos lectores que, como yo, han cumplido años suficientes.


martes, 15 de marzo de 2016

UNA CRÓNICA PARTICULAR DE MARIANO SANZ

                                                                              Javier Diez de Revenga

SANZ NAVARRO, MARIANO, Desde el Asilo, IJK, Editores, Murcia, 2000

Mariano Sanz Navarro publica en la editorial IJK. de Murcia, un libro extraño. Se titula “Desde el Asilo”. Una bella estampa de la cubierta representando una casa de finca rural (debida a una acuarela de Tomás Diez de Revenga), nos avisa de que “El Asilo” es una quinta campestre en la que el autor vive retirado. Se compone el libro de numerosos textos en forma de pequeños ensayos, relatos breves, cuentos o estampas de difícil precisión genérica. Se trata, por así decirlo, de una especie de “crónica particular”, porque la mayor parte de los textos son recuerdos y memorias de personas, lugares y tiempos que el escritor ha querido mostrar a sus lectores y a sus amigos. “Desde el Asilo” es, pues, un envío de textos diversos, escritos desde la serena tranquilidad del escritor, retirado en su quinta, apartado del mundanal ruido y atento a los recuerdos gratos algunos, irónicos o jocosos otros, llenos de buen humor estos, emocionantes los más.
Al lector de este libro de Mariano Sanz Navarro que se estrena como escritor impreso a los cincuenta y muchos años, le caben varias opciones para disfrutar de la lectura de un libro así. O no sabe nada del autor y se decide a gozar de unos textos muy variados en cuanto a su contextura genérica, o conoce al autor, como habitante de la ciudad de Murcia, y disfruta aún más pensando que en tal o cual personaje conocido, tal o cual anécdota ligeramente familiar, tal o cual paisaje o entorno rural o urbano vuelve a nuestra memoria como vivido en unos años comunes a toda una generación de muchachos de la segunda posguerra que vivieron una Murcia ya desaparecida.
El lector, por lo menos este lector que se convierte en critico de un libro de una persona conocida de toda la vida, se ha planteado muchas veces qué impulsa a alguien a decidirse a escribir sus recuerdos ¿Qué ejercicio de catarsis supone poner por escrito aquellas vivencias que uno lleva dentro toda una vida y decide hacerlas aflorar? ¿Qué importancia tiene hacer funcionar la memoria para crear un género literario y revitalizarlo como expresión de un mundo lleno de vida y de vidas?
La escritura memorística ha sido ricamente desarrollada a lo largo de nuestro siglo. Pensemos en Azorín, en Miró, en Francisco Ayala, pensemos en Aleixandre, en Gerardo Diego, en Cernuda, que crearon la prosa de la memoria en la España contemporánea, y advertiremos la verdad de esta escritura tan personal y tan lírica.
Porque el rasgo más sobresaliente de estos textos de Mariano Sanz (además de su impecable pureza estilística y de su castiza expresión) es su carácter subjetivo, que se traduce en un tono lírico auténticamente conseguido. Observemos algunos ensayos, y muy especialmente el último, titulado “El Hombre”, que es un relato lírico de una pieza, sólido y emotivo desde la primera palabra hasta la última. Notaremos, en este como en otros, que una escritura que sale del corazón, que deja sentir en cada una de las palabras la subjetividad del autor, además de ser una escritura lírica, revierte con toda su fuerza en el lector que se siente atrapado por las palabras de uno y otro articulo de los que este libro extraordinario componen. Mariano Sanz es un escritor de raza que ha comparecido ahora, como por entretenimiento, ante sus lectores, y que quizás ha ocultado durante años cualidades que hoy llaman la atención por su validez, por su atractivo y sobre todo porque nos convencen.
Cuando dejamos el libro “Desde el Asilo” sobre la mesa tras su lectura, tan amena, tan entretenida (en el sentido más clásico y castizo del termino), algo queda vibrando en nuestra capacidad de sentir, y es que hemos compartido con el autor muchos momentos, felices unos, difíciles otros, y nos hemos interesado por experimentar sensaciones que hemos hecho nuestras. Ocurre lo mismo que cuando leemos un buen libro de poemas. Su capacidad de atraparnos es lo que más nos interesa y lo que colma nuestra atracción. Porque lo que hemos leído en estas paginas no es sino vida, vida sentida a través de fragmentos, de impresiones, de retazos; vida en definitiva que interesa y capta al lector y lo hace cómplice de un mundo irremediablemente ido. Porque no son flojos el sentido elegiaco y el componente nostálgico que este libro ofrece a su lector. Quizás sean, estos últimos, los máximos responsables de su poder de atracción.