sábado, 25 de noviembre de 2017

MURO DE LAS LAMENTACIONES

Mariano Sanz Navarro

CASTILLO GALLEGO, RUBÉN, Muro de las lamentaciones, Baile del Sol, 2017

Coincido con Rubén en varios de los gustos por los que manifiesta decantarse en la solapa del libro y rechazo, como él, la homeopatía, las dietas y la gente pesada, añadiendo de mi cosecha a los que tosen en los conciertos.
Rubén escribe magistralmente, o sea, digno (aunque difícil) de imitar. Eso no es ninguna novedad, lo supimos en El globo de Hitler, Anillo de Moebius, Palabras en el tiempo o la más reciente Los días humillados, amén de numerosos cuentos y ensayos publicados con anterioridad.
Este libro de relatos, Muro de las lamentaciones, además de estar bien escrito, es redondo. No tiene resquicio por dónde meter la tijera del perfeccionista. Cada uno de los cuentos está perfectamente estructurado, tiene la longitud justa para mantener en vilo la atención del lector y el desenlace inopinado que constituya la guinda que deja buen sabor de boca.
Me ha pasado con este libro como me pasa con pocos: que terminado un cuento no me apetece seguir con el próximo. Una razón es la de recordar, digerir pausadamente lo leído, otra, regocijarme con la espera a sabiendas de que voy a enfrentarme con una sorpresa que no quiero anticipar, como los niños que dejan lo más exquisito del pastel para el final.
Había pensado destacar alguno de los cuentos que me hubiera gustado de forma especial (en todos los volúmenes de relatos siempre hay uno, o varios, que impactan especialmente al lector, y no siempre son los mismos los que impresionan a cada uno. Eso presta indudable encanto a la diversidad de temas), pero a la hora de escogerlo, me ha resultado difícil; cada uno de los relatos, de forma diferente, me ha dejado el regusto de la buena literatura, difícil de encontrar en nuestros día a pesar de la profusión de publicaciones; quizás porque el género que Rubén cultiva en este libro, es de los que mejor concuerdan con mi estilo de afrontar la escritura.
Han quedado titilando en el recuerdo, tres:

CARTAS DE WENDY
El untersturmfürer Wilhem Schwerin termina la guerra de forma abrupta sin llegar a saber que los papeles que Rubén le ha puesto en la mano podrían ser las cartas que Kafka (FK) envió, durante las últimas semanas de su vida, a Elsi, la niña conocida por casualidad en el parque Steglitz de Berlín, una tarde en que lloraba desconsolada la pérdida de su muñeca Brígida. Franz, el mago, sabía que la muñeca no se habia perdido, sino que habia emprendido un largo periplo cuyas incidencia iría relatando a Elsi en cartas sucesivas. Algo sospechó el untersturmfürer Wilhem Schwerin cuando leyó la frase que aparecía al final de cada misiva: Le dicto estas cartas a mi amigo FK. para que te las entregue, porque desde el principio intuyó que algo oscuro de encerraba tras aquellas palabras. (35) Pero ya no había tiempo para más averiguaciones, arrojó las cartas a la chimenea y las hizo arder. (37) El final, a disposición de ustedes.

DOS CUENTOS PARA QUE USTED LOS ESCRIBA
En este relato encontramos al Rubén más exquisitamente divertido, en un terreno que recorre con soltura: el de la broma capaz de esconder realidades que invitan a la reflexión. Aquí, el magisterio de la narrativa meta-literaria se encuentra en estado puro. Aunque escribir es una tarea en la que el primer paso siempre es el más complejo de dar (59), en el primero de los cuentos se describe la trayectoria vital de un personaje alrededor de un adminiculo imprescindible: el chupete que inicia y cierra el ciclo vital del personaje.
El segundo cuento que brinda al escritor primerizo, igual de ingenioso, trata de un fracasado (figura con la que el lector empatiza de inmediato), que se ha habituado a programar sus sueños, a decidir qué quiere soñar por las noches (71). La aventura, que acaba mutando en el drama presentido en el sueño, se convierte en realidad. Y hasta aquí puedo contar.

EL ÚLTIMO CABALLERO ANDANTE
Todos los que escribimos hemos sentido, en un momento u otro, la tentación de hacer un guiño cervantino, ardua empresa de la que solo salen victoriosos algunos maestros, como Andrés Trapiello. Rubén lo logra plenamente en esta magistral descripción de los padres del inventado protagonista, que bien pudiera haber sido incluida en las paginas originales sin desdoro alguno: Martín llamábase mi padre y era altiricón, de buen conformar y propenso a las magras (del crecimiento constante de las cuales su cuello y su rostro eran fiel indicio, y su andorga cumplida demostración); Felisa es mi madre, áspera de trato y flaca como el espíritu de la golosina, amén de proclive al ánimo taciturno. (92)

Resumiendo, un magnífico libro de relatos que me ha llegado a las manos -con la exquisita dedicatoria que no me resisto a reproducir más abajo-, y que recomiendo vivamente. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

PRESENTACIÓN DE “AMORES MALSANOS” de TERESA VICENTE 14.11.2017

Mariano Sanz Navarro

Cuando Teresa me llamó para pedirme que la acompañara en la presentación de este libro, mi reacción primera fue de sorpresa. La conocía como poeta desde la primera plaquette, Enraizó en el agua, que llevó a Los lunes del Zalacaín y tuvo el detalle de regalarme. Desde entonces, he seguido su trayectoria poética con Dispárame vida, Estigma y Mini poemario, pero no sabía que su periplo literario llegaba también hasta el relato. Ha sido una grata sorpresa, como espero que lo sea para todo el que lea estos Amores malsanos.
El cuento (llámenle relato, historia o como quiera que resulte más de su agrado) tiene una larga tradición en nuestra literatura y es genero por el que siento especial predilección, quizás porque permite al escritor amante de soluciones expeditivas, sustanciarlo en pocas sesiones. La novela requiere más estructura, exige más detalles, localizaciones, y la construcción de un entorno más sofisticado, o por lo menos más complejo. A partir del S.XVII, se llamó novella a la narración extensa, bien diferenciada, precisamente por sus dimensiones, del cuento. En este, el argumento lo es todo, sin digresiones ni personajes secundarios. Ya en 1881, Narciso Campillo en su Retorica y Poética o Literatura preceptiva, escribe “Novela es una narración ordenada y completa de sucesos ficticios, pero verosímiles, dirigida a deleitar por medio de la belleza”.
La criatura literaria que conocemos por “cuento” no es una especie fácil de caracterizar. Quizás su brevedad, que es la nota peculiar que con más facilidad lo distingue, es al mismo tiempo la provocadora de las mayores dificultades,[1] nos dirá el profesor Diez de Revenga.
Pero, no nos llamemos a engaño, el cuento no es genero de menor merito y esfuerzo que cualquier otro, simplemente tiene otra dimensión que quizás se ahorma con mayor sintonía a los gustos del autor.
Del cuento dice Cervantes por boca de Cipión en “El coloquio de los perros”: Los cuentos, unos encierran y tienen gracia en ellos mismos, otros en el modo de contarlos; quiero decir, que algunos hay que, aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos.
No es este el caso de los cuentos de Teresa, que no precisan artificio alguno para ser agudos, aunque no sé si gustosos, pues reflejan situaciones y actitudes que no siempre resultan bonancibles. Puede que al lector desprevenido se le encoja el estómago en alguno de ellos, pero es ese, a mi parecer, el objetivo pretendido por la autora: sacudir la atención del lector y mantenerla en tensión.
Tuve la fortuna en su momento, de dar con un libro del maestro Mariano Baquero Goyanes (los libros, como los maestros, aparecen siempre en el momento adecuado, quizás porque todos los momento lo son), en el que se describe de forma sucinta y esclarecedora “Qué es novela, qué es cuento”. Ese libro pasó a ocupar un lugar destacado entre mis imprescindibles.
En el prólogo, dice el profesor Javier Diez de Revenga que el cuento es un precioso género literario que sirve para expresar un tipo esencial de emoción, de signo muy semejante a la poética, pero que no siendo apropiada para ser expuesta poéticamente, encarna una forma narrativa próxima a la de la novela, pero diferente a ella en técnica e intención. Se trata, pues, de un género intermedio entre poesía y novela, apresador de un matiz semipoético, seminovelesco que solo es expresable en las dimensiones del cuento. Palabras que, como apreciarán ustedes se adaptan perfectamente a nuestra autora, que domina con soltura la poesía y que ahora traslada su buen oficio al cuento. El cuento está ligado por la índole de su concepción –instantaneidad, fulguración de un tema solo expresable en forma de cuento- a la de la poesía lírica[2], añade Diez de Revenga.
Dª Emilia Pardo Bazán nos dirá también que nota particular analogía entre la concepción del cuento y la poesía lírica: una y otra son rápidas como un chispazo y muy intensas –porque a ello obliga la brevedad, condición precisa del cuento-. Cuento original que no se concibe de súbito, no cuaja nunca. Y añade: Imagino cuentos con sus líneas y colores, como las estrofas en la mente del poeta, que suele concebir de una vez el pensamiento y la forma métrica[3].
De cuentos o relatos sabe lo que sí está escrito el excelente narrador Pedro García Montalvo, que describe como ‘consistente’ y ‘aguerrida’ la obra de Teresa Vicente, comenzando las esclarecedoras frases de la contracubierta del libro con la letra E, como se habría apresurado a anotar nuestro común amigo Manrique Cos.
Añade García Montalvo que hay dos clases de cuentos: “los que nada pretenden y pasean su pequeño y vivo espejo ante un fragmento de la existencia, y los relatos que quieren sorprender al lector con una revuelta, un giro”. Dice preferir los primeros, opinión a la que me sumo salvo un ligero matiz: no es imposible la adecuada combinación de ambos estilos de forma que, tras una historia que discurre por senderos de cómoda placidez, acuda el autor a ese giro, ese final sorprendente que sacuda al lector en el cómodo sendero que lo ha conducido hasta allí. Porque el cuento, a diferencia de la novela, se recuerda en bloque, y de forma especial si el final ha resultado impactante, como dice acertadamente Baquero Goyanes: Un cuento, se recuerda íntegramente o no se recuerda.
Ejemplos inolvidables tenemos en Chejov y su Bola de sebo, La dama del perrito de Guy de Maupassant, los conejitos parisienses de Cortazar, El cerdo de Sandrone de Luigi Malerba, Que bonita estampa de Doroty Parker, o el imperecedero Aleph de Borges, maestro de la narrativa y la poesía que, con tantos otros hemos de recordar para siempre.
En este libro de Teresa encontraremos una buena combinación de ambas tendencias, tratadas con adecuada soltura y agilidad, que hablan del buen hacer que demuestra la autora en esta, su primera obra en prosa.
Los doce amores escritos de Teresa, son verdaderamente malsanos. Ya en el primero de los relatos, encontramos: “se detuvo en su cuello y alcanzó el pecho oyendo el corazón extrañamente pausado del joven; se recreó en su blando estómago con la vista de su falo enhiesto que dejaba ver su glande de un rojo cárdeno”.
Pues empezamos bien, me dije. Y proseguí la lectura, animado por aquel principio que alimentaba sorprendentes expectativas. En efecto, los cuentos, de una brevedad justa, mantienen un tono aterciopelado y culto que termina en la tragedia presentida a partir de los primeros relatos.
Hay en ellos ahogados en un palmo de agua –Eliodora, Dora-, despeñados por un precipicio isleño –Biblis y Cauno-, mujeres acuchilladas en la vagina –Actos de amor- o parturientas a las que hay que sacarles el fruto del vientre a pedazos porque la brevedad de sus caderas no permite otra solución- La tía Úrsula.
Por derroteros semejantes transcurren el resto de los relatos hasta completar los doce que componen la obra, sin que haya nadie que escape a la desdicha o la muerte, reales como la vida misma.
Pero no todo es truculencia en el libro, también hay amores tiernos, sin que prevalezca en exceso la diferencia de género –Los siete durmientes de Éfeso- y una forma suave y elegante de contar que eximen de brusquedad la dureza de las narraciones. También Alas prestadas constituye una excepción en la que en el relato  transcurre por cauces de dulzura sorprendente. Aunque parece inspirado en ‘La isla del Dr. Moreau’, conduce al lector hacia un final casi almibarado: Ya de vuelta en casa y en su cama, Gabriela, ajena a todo lo que constituía su naturaleza, estaba abrazada al cuello de su madre, con sus alas debidamente recogidas sobre el pecho de su padre. Calentita, se dejó transportar al sueño bajo el falso cielo pintado de su madre.
Es este, en definitiva, un novedoso libro de cuentos que permite esperar posteriores obras de calidad semejante. No se pierdan, los amantes del género, estos relatos frescos y sorprendentes que no pueden dejar a nadie indiferente.








[1] Diez de Revenga, Javier. Prologo en: BAQUERO GOYANES, MARIANO, Qué es novela, qué es cuento, Universidad de Murcia, 1998.
[2] Ibidem, p.61
[3] Ibidem p.61