NIXEY, CATHERINE, La edad de la penumbra, Taurus, 2018
Katherine Nixey, historiadora, maestra y periodista del Times se adentra con este libro en el proceloso mundo de la aparición y ‘digestión’ del cristianismo por el complejo mundo de creencias del Imperio romano en los primeros siglos d.C.
En un elaborado –y
documentado- proceso enumera los hechos y razones por medio de los cuales ‘la
cristiandad’ eliminó usando cualquier método, con frecuencia violento y mortal,
todo culto o creencia que se apartara de las suyas, sustituyendo el sistema de
creencias romano a partir de Constantino. Los pacíficos cristianos, emplazados
por su líder a ofrecer la otra mejilla en caso de agresión, arrasaron los
templos considerados ‘paganos’, destruyeron las maravillosas estatuas de la
antigüedad clásica, mataron, torturaron y escarnecieron a cuantos se negaron a
abrazar la fe que consideraban única y verdadera. Refrenar, atacar, forzar y hasta pegar a un pecador era –si se le
devolvía al camino de la rectitud- salvarlo. Como dijo san Agustín, el maestro
de la paradoja pía:” ¡Oh, crueldad misericordiosa!” (24)
El libro está trufado de
anécdotas históricas y hechos puntuales que abonan su tesis y resultan
esclarecedores sobre un tema cuyo relato ha sido siempre monopolio de los
autores cristianos, amén de hacer la obra entretenida y fácil de leer.
No es novedoso el tema,
aunque sea de agradecer lo minucioso y documentado del análisis, pero sí es
enormemente aleccionador por cuanto invita a la reflexión sobre cuán poderosa y
destructiva puede ser una idea sin más soporte real que la fantasía de una
elaboración interesada. Si la fantasía logra el suficiente número de adeptos,
el objetivo está logrado y el triunfo asegurado.
Los padres de la primera Iglesia dedicaron todas sus
fuerzas retoricas a los lapsos religiosos. Una y otra vez en que los cristianos
no eran como los seguidores de las otras religiones. Los cristianos habían sido
salvados, los demás no. Los cristianos tenían razón; las demás religiones
estaban equivocadas; más que eso, estaban enfermas, locas, condenadas, o eran
malvadas e inferiores. (46)
El caso del pueblo judío,
se señala, es paradigmático. Los miembros de una nación (por pequeña que sea)
han llegado a la misma conclusión: un poder etéreo y sobrenatural -del que no
hay señales racionales, sino fantasías y relatos repetidos hasta la saciedad
desde tiempos remotos-, los ha escogido graciosa y aleatoriamente como pueblo
dominante. A los demás pueblos deben imponerles su doctrina o hacerlos
desaparecer.
El fenómeno solo puede
explicarse como un delirio colectivo que los psiquiatras deberían explicarnos,
si son capaces.
Lo que nos lleva a la
inquietante pregunta de cómo es posible que, en tantos años de compleja
evolución, la humanidad no haya llegado a la conclusión de que -en cuestión de
creencias-, cada uno es dueño de tener las suyas –como la pertenencia a un club
de golf o de petanca, la simpatía forofa a un club de futbol o la suscripción
anual a la hoja dominical de la parroquia-, que no hay que imponer a los demás
y que al final de su vida, cada uno puede imaginar que irá a parar allá donde lo
tengan destinado sus creencias.
Por extraño que parezca,
el cristianismo se revolvió desde su niñez contra la que había sido su cuna
germinal (Jesús era judío). El predicador
juan Crisóstomo había dicho que “la sinagoga no es solo un burdel […] también
es una guarida dde ladrones y un hospedaje para fieras salvajes […] una morada
de demonios […] un lugar de idolatría. (147).
Ya en la época de Hipatia
de Alejandría (h.415 d.C.) y el obispo Cirilo, se documenta uno de los primeros
pogromos de los caritativos cristianos contra sus abuelos en la fe. Aquel día
entre otros muchos, cayó Hipatia cruelmente torturada. Arrastraron a la más importante matemática viva de Alejandría por las
calles hasta una iglesia. Una vez dentro, le arrancaron las ropas del cuerpo y
después, utilizando como cuchillas pedazos rotos de cerámica, le arrancaron la
piel. Algunos dicen que, mientras aún respiraba, le arrancaron los ojos. Una
vez muerta, despedazaron su cuerpo y arrojaron lo que quedaba de “la hija
luminosa de la razón” a una pira y lo quemaron. (149)
El variopinto y con
frecuencia lúdico panteón romano, con sus ninfas evanescentes, broncas
familiares, cuernos, faunos procaces, dioses y héroes tan justos como injustos,
tan caritativos como crueles, se vieron de la noche a la mañana aborrecidos y
proscritos por leyes y prácticas que constreñían el cuerpo y entristecían el
espíritu. Los libros se convirtieron en material peligroso: Quemar libros era algo aprobado e incluso
recomendado por las autoridades de la Iglesia. “Buscad los libros de los
herejes […] en todos los lugares –advertía Rábula, obispo sirio del siglo V-
siempre que podáis, traédnoslos o quemadlos en el fuego”. (168)
Apareció el pecado y como
única manera de absolverlo, la aleatoria gestión de los elegidos para semejante
menester por la jerarquía. La tristeza y la ñoñez se apoderaron de las
multitudes y se convirtieron en la forma impuesta de vida. Carpe diem, había dicho Horacio. Come, bebe y sé feliz
porque mañana estarás muerto para toda la eternidad. Los monjes ofrecían una
alternativa a esta visión; muere hoy y podrás vivir durante toda la eternidad.
(209)
Más adelante, la
cristiandad se adueñó del conocimiento, celosamente aherrojado en abadías y
monasterios, y se consideró dueña y administradora de la sabiduría, otorgándose
el poder de decidir que libros y conocimientos debían propagarse y cuáles no.
(Recuérdese El nombre de la rosa de
Humberto Eco y el Index Librorum Prohibitorum
que algunos llegamos a conocer)
Lejos de llorar la perdida [de los libros] los cristianos
se regocijaban en ella. Como se jactaba Juan Crisóstomo, los escritos de “los
griegos todos han desaparecido y han sido destruidos”. “Donde está Platón? ¡En
ninguna parte! ¿Dónde está Pablo? ¡en boca de todos! (175)
Y floreció la censura: en
una carta, Basilio, obispo de Cesárea (330-379), dice: No había que permitir que los cristianos imberbes se adentraran en el
canon clásico sin ninguna clase de control. Era demasiado peligroso, no fuera
caso de que “por la placentera seducción de las palabras recibamos inadvertidamente
cosas malas, como los que toman algo venenoso inadvertidamente mezclado con la
miel” (153)
El descubrimiento de las ruinas de Pompeya en 1748 supuso un revulsivo. Aparecieron libros, frescos y grabados que volvieron a traer el mundo clásico a nuestros días con la alegría y el desenfado sexual del mundo griego y romano. Reapareció Príapo pesando su notable falo en una báscula, parejas haciendo el amor sin ningún recato o Pan penetrando a una cabra con un rictus de satisfacción en la cara. Lo que el Vesubio había enterrado en el año 79, volvía a la luz después de siglos para horror y desconcierto de la elite puritana. La reacción fue, como siempre, la ocultación y el silencio. Se creó el Gabinete secreto del Museo Real de Nápoles y las colecciones se ocultaron bajo llave excepto para un público seleccionado que no incluía mujeres ni niños.
No hay nada nuevo bajo el
sol. Las reflexiones contenidas en el libro, aunque se refieran a los primeros
siglos de nuestros abuelos griegos y romanos, no parecen tan distantes de
algunos movimientos sociales de nuestros días. La cerrazón, la animadversión
hacia el extranjero, la moralina religiosa y cutre, la negación de la igualdad
entre sexos, la exclusión de la cultura en favor de ideas simples e
irreflexivas, el rechazo de fuentes independientes y documentadas, son
fenómenos que han levantado la cabeza como nuevas hidras con las que no
tendremos más remedio que coexistir, oponiéndonos a ellas sin más armas que la
razón, la cultura y la educación.

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