jueves, 23 de julio de 2026

LA EDAD DE LA PENUMBRA

 NIXEY, CATHERINE, La edad de la penumbra, Taurus, 2018

Katherine Nixey, historiadora, maestra y periodista del Times se adentra con este libro en el proceloso mundo de la aparición y ‘digestión’ del cristianismo por el complejo mundo de creencias del Imperio romano en los primeros siglos d.C.

En un elaborado –y documentado- proceso enumera los hechos y razones por medio de los cuales ‘la cristiandad’ eliminó usando cualquier método, con frecuencia violento y mortal, todo culto o creencia que se apartara de las suyas, sustituyendo el sistema de creencias romano a partir de Constantino. Los pacíficos cristianos, emplazados por su líder a ofrecer la otra mejilla en caso de agresión, arrasaron los templos considerados ‘paganos’, destruyeron las maravillosas estatuas de la antigüedad clásica, mataron, torturaron y escarnecieron a cuantos se negaron a abrazar la fe que consideraban única y verdadera. Refrenar, atacar, forzar y hasta pegar a un pecador era –si se le devolvía al camino de la rectitud- salvarlo. Como dijo san Agustín, el maestro de la paradoja pía:” ¡Oh, crueldad misericordiosa!” (24)

El libro está trufado de anécdotas históricas y hechos puntuales que abonan su tesis y resultan esclarecedores sobre un tema cuyo relato ha sido siempre monopolio de los autores cristianos, amén de hacer la obra entretenida y fácil de leer.

No es novedoso el tema, aunque sea de agradecer lo minucioso y documentado del análisis, pero sí es enormemente aleccionador por cuanto invita a la reflexión sobre cuán poderosa y destructiva puede ser una idea sin más soporte real que la fantasía de una elaboración interesada. Si la fantasía logra el suficiente número de adeptos, el objetivo está logrado y el triunfo asegurado.

Los padres de la primera Iglesia dedicaron todas sus fuerzas retoricas a los lapsos religiosos. Una y otra vez en que los cristianos no eran como los seguidores de las otras religiones. Los cristianos habían sido salvados, los demás no. Los cristianos tenían razón; las demás religiones estaban equivocadas; más que eso, estaban enfermas, locas, condenadas, o eran malvadas e inferiores. (46)

El caso del pueblo judío, se señala, es paradigmático. Los miembros de una nación (por pequeña que sea) han llegado a la misma conclusión: un poder etéreo y sobrenatural -del que no hay señales racionales, sino fantasías y relatos repetidos hasta la saciedad desde tiempos remotos-, los ha escogido graciosa y aleatoriamente como pueblo dominante. A los demás pueblos deben imponerles su doctrina o hacerlos desaparecer.

El fenómeno solo puede explicarse como un delirio colectivo que los psiquiatras deberían explicarnos, si son capaces.

Lo que nos lleva a la inquietante pregunta de cómo es posible que, en tantos años de compleja evolución, la humanidad no haya llegado a la conclusión de que -en cuestión de creencias-, cada uno es dueño de tener las suyas –como la pertenencia a un club de golf o de petanca, la simpatía forofa a un club de futbol o la suscripción anual a la hoja dominical de la parroquia-, que no hay que imponer a los demás y que al final de su vida, cada uno puede imaginar que irá a parar allá donde lo tengan destinado sus creencias.

Por extraño que parezca, el cristianismo se revolvió desde su niñez contra la que había sido su cuna germinal (Jesús era judío). El predicador juan Crisóstomo había dicho que “la sinagoga no es solo un burdel […] también es una guarida dde ladrones y un hospedaje para fieras salvajes […] una morada de demonios […] un lugar de idolatría. (147).

Ya en la época de Hipatia de Alejandría (h.415 d.C.) y el obispo Cirilo, se documenta uno de los primeros pogromos de los caritativos cristianos contra sus abuelos en la fe. Aquel día entre otros muchos, cayó Hipatia cruelmente torturada. Arrastraron a la más importante matemática viva de Alejandría por las calles hasta una iglesia. Una vez dentro, le arrancaron las ropas del cuerpo y después, utilizando como cuchillas pedazos rotos de cerámica, le arrancaron la piel. Algunos dicen que, mientras aún respiraba, le arrancaron los ojos. Una vez muerta, despedazaron su cuerpo y arrojaron lo que quedaba de “la hija luminosa de la razón” a una pira y lo quemaron. (149)

El variopinto y con frecuencia lúdico panteón romano, con sus ninfas evanescentes, broncas familiares, cuernos, faunos procaces, dioses y héroes tan justos como injustos, tan caritativos como crueles, se vieron de la noche a la mañana aborrecidos y proscritos por leyes y prácticas que constreñían el cuerpo y entristecían el espíritu. Los libros se convirtieron en material peligroso: Quemar libros era algo aprobado e incluso recomendado por las autoridades de la Iglesia. “Buscad los libros de los herejes […] en todos los lugares –advertía Rábula, obispo sirio del siglo V- siempre que podáis, traédnoslos o quemadlos en el fuego”. (168)

Apareció el pecado y como única manera de absolverlo, la aleatoria gestión de los elegidos para semejante menester por la jerarquía. La tristeza y la ñoñez se apoderaron de las multitudes y se convirtieron en la forma impuesta de vida. Carpe diem, había dicho Horacio. Come, bebe y sé feliz porque mañana estarás muerto para toda la eternidad. Los monjes ofrecían una alternativa a esta visión; muere hoy y podrás vivir durante toda la eternidad. (209)

Más adelante, la cristiandad se adueñó del conocimiento, celosamente aherrojado en abadías y monasterios, y se consideró dueña y administradora de la sabiduría, otorgándose el poder de decidir que libros y conocimientos debían propagarse y cuáles no. (Recuérdese El nombre de la rosa de Humberto Eco y el Index Librorum Prohibitorum que algunos  llegamos a conocer)

Lejos de llorar la perdida [de los libros] los cristianos se regocijaban en ella. Como se jactaba Juan Crisóstomo, los escritos de “los griegos todos han desaparecido y han sido destruidos”. “Donde está Platón? ¡En ninguna parte! ¿Dónde está Pablo? ¡en boca de todos! (175)

Y floreció la censura: en una carta, Basilio, obispo de Cesárea (330-379), dice: No había que permitir que los cristianos imberbes se adentraran en el canon clásico sin ninguna clase de control. Era demasiado peligroso, no fuera caso de que “por la placentera seducción de las palabras recibamos inadvertidamente cosas malas, como los que toman algo venenoso inadvertidamente mezclado con la miel” (153)

El descubrimiento de las ruinas de Pompeya en 1748 supuso un revulsivo. Aparecieron libros, frescos y grabados que volvieron a traer el mundo clásico a nuestros días con la alegría y el desenfado sexual del mundo griego y romano. Reapareció Príapo pesando su notable falo en una báscula, parejas haciendo el amor sin ningún recato o Pan penetrando a una cabra con un rictus de satisfacción en la cara. Lo que el Vesubio había enterrado en el año 79, volvía a la luz después de siglos para horror y desconcierto de la elite puritana. La reacción fue, como siempre, la ocultación y el silencio. Se creó el Gabinete secreto del Museo Real de Nápoles y las colecciones se ocultaron bajo llave excepto para un público seleccionado que no incluía mujeres ni niños.

 Los últimos capítulos del libro transcurren de este tenor, exponiendo a la curiosidad del lector las razones de los ataques a la filosofía griega que durante tantos siglos había hecho alimentar mentes y florecer culturas. Por fortuna, los restos sobrevivieron a pesar de todo y con las piezas dispersas –mal que bien, imperfectamente y con mucho esfuerzo- se ha ido recomponiendo el puzle a pesar de todos los pesares y venciendo la resistencia del pensamiento dogmático de origen divino.

No hay nada nuevo bajo el sol. Las reflexiones contenidas en el libro, aunque se refieran a los primeros siglos de nuestros abuelos griegos y romanos, no parecen tan distantes de algunos movimientos sociales de nuestros días. La cerrazón, la animadversión hacia el extranjero, la moralina religiosa y cutre, la negación de la igualdad entre sexos, la exclusión de la cultura en favor de ideas simples e irreflexivas, el rechazo de fuentes independientes y documentadas, son fenómenos que han levantado la cabeza como nuevas hidras con las que no tendremos más remedio que coexistir, oponiéndonos a ellas sin más armas que la razón, la cultura y la educación.

 

 

 

 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2026

OTRA VIDA POR VIVIR

KALLIFATIDES, THEODOR, Otra vida por vivir, Galaxia, 2019

Kallifatides es un escritor que ha perdido la facultad de escribir al cabo de una vida fecunda (¡cómo no recordar a Rulfo!), pero que tiene la habilidad de contarlo por escrito.

De origen griego, emigró a Suecia en cuya lengua ha escrito su abundante producción literaria. Cuando dice haber perdido la facultad de escribir, nos obsequia con este precioso libro (en griego en el original), donde relata su experiencia crepuscular y su vuelta a Molai, Epidauro, a la búsqueda de sus recuerdos de infancia. (El mito del eterno retorno de Eliade, el permanente regreso a Ítaca).

No se me ocurre una reseña al uso, mejor que se regalen con algunas de las frases que contiene el libro. Y que, si les interesa, se hagan con él. Yo he tenido la suerte de recibirlo de manos de Marta, la gentil bibliotecaria de mi pueblo y me ha producido honda satisfacción.

 Después de los setenta y cinco nadie escribe. (24)

La escritura está, sí, dentro de nuestra cabeza, pero también alrededor de nosotros, en las paredes y en los muebles, en el olor a café, en la luz de la lámpara. (26)

Tener miedo de los demás y que los demás tengan miedo de ti. (46)

Una de las cosas que trae consigo la vejez es que uno piensa más en el futuro de los otros que en el propio. ¿Acaso existe un misterio mayor en este mundo que el de sentirse atraído por una única cara toda la vida? (54)

“No comulgo con tu opinión, pero estoy dispuesto a morir por tu derecho a expresarla”, dijo Voltaire, si es que llegó a decirlo. (60)

Con procesos democráticos puede imponerse tanto la dictadura como la tiranía. Con lecciones democráticas puede llegar al poder un partido que quiera acabar con la democracia. (61)

Mi abuela no era periodista, ni filosofa, pero solía decir que “las palabras no tienen huesos, pero los rompen”. Sabía lo que casi todo el mundo sabe: que una palabra puede hacer más daño que el cuchillo más filoso. Decir algo es hacer algo. (62)

Si queremos entendernos unos a otros, ante todo debemos aceptar que el otro existe y que es probable que crea en cosas distintas de las que creemos nosotros. En una relación de igualdad no hay sino derechos recíprocos y obligaciones reciprocas. Respétame para que te respete, escúchame para que te escuche. (63)

La vida termina y al mismo tiempo sigue. No en el cielo o en las islas de los Bienaventurados, sino en las consecuencias de nuestras acciones. (66)

“Que piensas”, me preguntaba Gunilla. “Que moriré”, le contestaba con la mayor sencillez de que era capaz, sin entender verdaderamente lo que le estaba diciendo. La muerte siempre está presente y siempre es incomprensible. (68)

La emigración es una especie de suicidio parcial. No mueres, pero muchas cosas mueren dentro de ti. Entre otras, tu lengua. (73)

La escritura es como un manantial. Puedes ornamentarlo con estatuas, adornarlo como una preciosa fuente, construir alrededor del borbotón una placita y sembrarla de sicomoros. Pero nada de eso es lo que hace que el agua fluya. Es la presión desde las oscuras profundidades de la tierra la que crea la la erupción del agua. (82)

A veces tengo la impresión de que la vejez tiene un sentido: que alcancemos a arrepentirnos de lo que hicimos y no hicimos en la juventud. (86)

Hasta Cristo, pensaba, si vivera en estos tiempos, escribiría en Twitter. “Amaos los unos a los otros”. ¿Acaso hay un tuit mejor? (99)

La vida en Grecia es dulce, pero sin dinero es amarga y miserable. (130)

Cuando sabes lo que quieres decir, puedes decirlo en todas las lenguas que conoces. También puedes guardar silencio en todas las lenguas que conoces. Pero cuando no tienes nada que decir, lo dices mejor en tu lengua materna. (152)