lunes, 9 de marzo de 2026

TERTULIAS CULTURALES DE REBOTICAS

 

Es conocida la afición literaria de ciertos colectivos cuya actividad poco tiene que ver con el manejo de las letras y sin embargo las ejercitan con tal maestría que pudieran envidiar los que al trabajo de ellas dedican su tarea principal. Me refiero al colectivo de los médicos, muchos de los cuales, con tal dedicación y esmero cultivan el género literario que entre ellos ha surgido la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas, a la que pertenece el autor que hoy nos ocupa y cuya obra Tertulias culturales de reboticas viene prologada por la presidenta de esa institución, Sra. Fernández Jacob, que nos ‘pone en suerte’ para lo que será un ameno e ilustrador espacio dedicado a la lectura de la obra.

El doctor Caballero Carpena, uno de los vecinos de Santomera al que hay que agradecer las páginas que ha dejado para siempre sobre nuestro pueblo (La botica de la memoria, páginas de la historia de Santomera y Mariano Artés Campillo. Un militar santomerano del siglo XIX) ha sido, además de titular de los hospitales La Fe de Valencia y San Juan de Alicante, profesor de las universidades de Valencia y Elche y conspicuo artesano de la investigación literaria       .

En la obra que hoy nos entrega, de lectura fácil y esmerada prosa, nos lleva de la mano en un atractivo recorrido por las tertulias ‘de larga tradición en nuestro país y forman parte de nuestra cultura’ (17) que se asentaron a lo largo de los S. XIX y XX y perduraron durante el periodo que se perpetuó tras La Guerra Civil. Sirvieron de lenitivo para muchos espíritus ávidos de erudición en una época de miseria ideológica y cultural, lugares de reunión que soslayaban las sospechas en tiempo donde las reuniones eran contempladas con suspicacia por las autoridades. Nos detalla el importante papel de la ‘rebotica’, acogedor anexo a la farmacia de la que, con frecuencia, se encontraba separada por discretos cortinajes. Allí tenían lugar las reuniones en las que se trataba de lo divino y lo humano, a veces de marcado tinte político capaces de suscitar encendidas discusiones, como en la ‘farmacia de don José María Chao Rodríguez de Vigo, donde los liberales fraguaban conspiraciones contra la intolerancia de la monarquía fernandina’ (29). La discusión, que enriquece los diferentes puntos de vista, no era óbice para que a la salida se templaran los ánimos con la ayuda de algunos vasos en el bar aledaño.

El libro nos trasporta a tertulias famosas: El Parnasillo de Madrid (en 1830), vecina al Teatro Príncipe a la que acudían los románticos, dramaturgos y políticos del momento, Espronceda, Ventura de la Vega, Campoamor, García Gutiérrez, Zorrilla, Olazaga; más adelante a las del café de Pombo, Cruz y Raya, la Residencia de Estudiantes, café Gijón, café Lyon d’Or, la calle de Atocha donde se fraguaba ‘la necesidad de cambiar el régimen monárquico por otro republicano’ (79) con nombres que la represión franquista no logró extirpar de la memoria: José Giral, Perez de Ayala, Luis Araquistaín, Américo Castro, Álvaro de Albornoz, Manuel Azaña, con una larga relación de cada una de las cuales hace minuciosa enumeración de tertulianos y sus circunstancias para acabar dedicando espacio a la farmacia de Santomera, ‘pueblo eminentemente agrícola en su origen, costumbres y economía que ha marcado su identidad a lo largo de los años’ (131).

De la ‘farmacia Carpena’ que tan bien conoció, nos dirá con modestia que a su rebotica no acudían como a otras de ciudades principales, personajes célebres, sino que ‘Solian ser personas de cierta relevancia local: médicos, practicantes maestros y amigos del farmacéutico’ (131). Las fuerzas vivas del momento, que diría el castizo.

Hay un apunte que me gustaría resaltar con respecto a la obra y que como historiador me agrada sobremanera. Es la referencia histórica que hace el autor cuando nombra a algunos personajes célebres de las reboticas, así cuando habla de la botica de D. Hilarión (31) hace un completo y ameno recorrido por la Verbena de la Paloma, (obra de Ricardo de la Vega y música de Tomás Bretón respectivamente), y del genero lirico, la zarzuela. Cuando habla de la farmacia de Baeza (43) en la que su propietario, ‘don Adolfo Almazán cuidaba personalmente de que la estufa de leña estuviera bien provista en los fríos días invernales para hacer agradable la estancia en la rebotica a sus contertulios’, entre los que se encontraba Antonio Machado, aprovecha como ha hecho con la historia de la zarzuela, para ilustrarnos sobre las andanzas del poeta hasta el doloroso final de Colliure un miércoles de ceniza y brindarnos algunos de sus textos más emblemáticos.

Así, una tras otra, nos ofrece el autor un extenso y ameno recorrido por las farmacias (de León Felipe, de Giral, la Puerta del Sol, Argamasilla, Lyon), para acabar en la de Santomera mencionada más arriba. Es un recorrido que me ha resultado tan ameno y aleccionador que me atrevo a recomendarlo encarecidamente a los santomeranos en particular y a los que sientan interés por nuestra pequeña historia reciente en general 

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