El
doctor Caballero Carpena, uno de los vecinos de Santomera al que hay que
agradecer las páginas que ha dejado para siempre sobre nuestro pueblo (La botica de la memoria, páginas de la
historia de Santomera y Mariano Artés
Campillo. Un militar santomerano del siglo XIX) ha sido, además de titular de
los hospitales La Fe de Valencia y San Juan de Alicante, profesor de las universidades
de Valencia y Elche y conspicuo artesano de la investigación literaria .
En la
obra que hoy nos entrega, de lectura fácil y esmerada prosa, nos lleva de la
mano en un atractivo recorrido por las tertulias ‘de larga tradición en nuestro
país y forman parte de nuestra cultura’ (17) que se asentaron a lo largo de los
S. XIX y XX y perduraron durante el periodo que se perpetuó tras La Guerra
Civil. Sirvieron de lenitivo para muchos espíritus ávidos de erudición en una
época de miseria ideológica y cultural, lugares de reunión que soslayaban las
sospechas en tiempo donde las reuniones eran contempladas con suspicacia por
las autoridades. Nos detalla el importante papel de la ‘rebotica’, acogedor
anexo a la farmacia de la que, con frecuencia, se encontraba separada por
discretos cortinajes. Allí tenían lugar las reuniones en las que se trataba de
lo divino y lo humano, a veces de marcado tinte político capaces de suscitar
encendidas discusiones, como en la ‘farmacia de don José María Chao Rodríguez
de Vigo, donde los liberales fraguaban conspiraciones contra la intolerancia de
la monarquía fernandina’ (29). La discusión, que enriquece los diferentes
puntos de vista, no era óbice para que a la salida se templaran los ánimos con
la ayuda de algunos vasos en el bar aledaño.
El
libro nos trasporta a tertulias famosas: El Parnasillo de Madrid (en 1830),
vecina al Teatro Príncipe a la que acudían los románticos, dramaturgos y
políticos del momento, Espronceda, Ventura de la Vega, Campoamor, García
Gutiérrez, Zorrilla, Olazaga; más adelante a las del café de Pombo, Cruz y
Raya, la Residencia de Estudiantes, café Gijón, café Lyon d’Or, la calle de Atocha
donde se fraguaba ‘la necesidad de cambiar el régimen monárquico por otro
republicano’ (79) con nombres que la represión franquista no logró extirpar de
la memoria: José Giral, Perez de Ayala, Luis Araquistaín, Américo Castro, Álvaro
de Albornoz, Manuel Azaña, con una larga relación de cada una de las cuales
hace minuciosa enumeración de tertulianos y sus circunstancias para acabar
dedicando espacio a la farmacia de Santomera, ‘pueblo eminentemente agrícola en
su origen, costumbres y economía que ha marcado su identidad a lo largo de los
años’ (131).
De
la ‘farmacia Carpena’ que tan bien conoció, nos dirá con modestia que a su
rebotica no acudían como a otras de ciudades principales, personajes célebres,
sino que ‘Solian ser personas de cierta relevancia local: médicos, practicantes
maestros y amigos del farmacéutico’ (131). Las
fuerzas vivas del momento, que diría el castizo.
Hay
un apunte que me gustaría resaltar con respecto a la obra y que como
historiador me agrada sobremanera. Es la referencia histórica que hace el autor
cuando nombra a algunos personajes célebres de las reboticas, así cuando habla
de la botica de D. Hilarión (31) hace un completo y ameno recorrido por la
Verbena de la Paloma, (obra de Ricardo de la Vega y música de Tomás Bretón
respectivamente), y del genero lirico, la zarzuela. Cuando habla de la farmacia
de Baeza (43) en la que su propietario, ‘don Adolfo Almazán cuidaba
personalmente de que la estufa de leña estuviera bien provista en los fríos
días invernales para hacer agradable la estancia en la rebotica a sus contertulios’,
entre los que se encontraba Antonio Machado, aprovecha como ha hecho con la
historia de la zarzuela, para ilustrarnos sobre las andanzas del poeta hasta el
doloroso final de Colliure un miércoles de ceniza y brindarnos algunos de sus
textos más emblemáticos.
Así,
una tras otra, nos ofrece el autor un extenso y ameno recorrido por las
farmacias (de León Felipe, de Giral, la Puerta del Sol, Argamasilla, Lyon),
para acabar en la de Santomera mencionada más arriba. Es un recorrido que me ha
resultado tan ameno y aleccionador que me atrevo a recomendarlo encarecidamente
a los santomeranos en particular y a los que sientan interés por nuestra pequeña historia reciente en
general

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