Su última entrega es este fascinante Viaje a Mauritania, que nos permite seguir conociendo más detalles de ese mundo
norteafricano que tan próximo tenemos y que, ay, tan escasamente nos preocupa o
imanta. Son siete mil kilómetros de ruta que se inicia en Santomera y que tiene
su primera parada en Fez, “capital cultural de Marruecos, reserva de
tradiciones y cuna de ortodoxos” (p.23). Desde allí se desplazó hasta Rabat y
Bouznika, donde tiene oportunidad de tomarse una coca-cola que tiene un pequeño
secreto: “Escocia, 12 años” (p.41). Y así, paso a paso, Mariano nos va
describiendo paisajes, costumbres, tipos humanos, curiosidades del lugar (ese
aeropuerto clausurado por orden de Hassan II), ciudades con tres nombres (véase
la página 62), hoteles de los cuales es “mejor no dejar memoria” (p.102),
morabitos reverenciales y, quizá por encima de todo, silencios nocturnos que se
graban en el corazón para siempre (“Dormir en el desierto es una experiencia
impactante que descubrí hace años en el Tiris, en mi primera excursión a la
tumba de Chej el-Maami. La oscuridad cae rápidamente y de pronto es
noche cerrada. Hay que recurrir a las linternas si no se ha encendido fuego. Hacia
media noche, como si se descorriera un telón gigantesco que mantenía las
estrellas ocultas, aparecen en todo su esplendor. El viajero que reposa, el
rostro contra el cielo, es consciente de su pequeñez y se pierde en reflexiones
acerca de la belleza y profundidad de ese mundo sobre el que con frecuencia se
pasa de forma inconsciente. Momentos así son suficientes para llenar de
contenido el viaje”, p.139).

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